Recuerdos que no voy a borrar

Una amiga escritora, con motivo de la aparición de Me acuerdo, de Martín Kohan, me dijo: “como lo escribió Kohan, está buenísimo; si lo hubiese escrito yo nadie le daría bola”. Reconozco que ese comentario encendió mi curiosidad por un libro que no pensaba leer, prejuiciosamente, por el mismo motivo. Entonces, fui a comprarlo.

Publicado por Ediciones Godot, Me acuerdo es un libro raro, nacido en plena cuarentena: qué mejor momento para atraer los recuerdos de la infancia (hasta los doce años) que el encierro obligatorio en el que no queda otra que la introspección, mirarse-mirarnos a nosotros mismos. Sin embargo, lo que plasma el libro no son estrictamente historias de infancia, esas que quedan archivadas para siempre en la memoria y uno cada tanto rescata para ser repensadas. Son cosas, nombres, escenas breves sin acción, sin ningún hilo conductor, sin principio ni fin. Son chispazos: “El almohadón bordó que mi papá usaba en el Torino para no quedar tan abajo en el asiento”.

Muchas veces no recordamos situaciones que vivimos pero sí un número de patente o el nombre del portero de la escuela. La mente y sus vericuetos. “El chofer del micro escolar se llamaba Sursolo”.

Los recuerdos-chispazos son microrrelatos de no ficción que configuran una lista, no una narración. Me acuerdo funda su mito de origen en otros dos libros en los que el autor se inspiró: I Remember, de Joe Brainard y Je me souviens: Les choses communes I, de George Perec. Precisamente, el libro está dedicado a su hermana Marina (protagonista de muchos de estos momentos) y comienza con una cita al referido Perec: “Un libro digno de ser copiado”, que a su vez hace referencia al de Brainard. La clave de lectoescritura está ahí. Leer un libro, que esa lectura dé ganas de copiar la forma, y ejecutar el ejercicio de evocar. Y después escribirlos, así como vienen.

Supongo que sin proponérselo, Kohan escribió un libro repleto de humor. Creo que desde ese lugar la lectura no falla. En sus intervenciones públicas orales (medios audiovisuales y/o radio) se expresa con una gran solvencia, lugar común pero no por eso menos cierto, no solo por su inteligencia para pensar los temas, sus ideas y puntos de vista, etc. (si todavía no lo viste, te recomiendo que busques en YouTube el día que polemizó con Lopérfido por la cifra de desaparecidos: para sacarse el sombrero y luego guardar el video para revisitar todas las veces que hagan falta), sino también por su enorme sentido del humor durante una exposición, aún dentro de la seriedad que se le puede ver en la cara. Es un tipo gracioso, supongo también, sin proponérselo. La cuestión es que leer Me acuerdo es un momento muy divertido: “En un recreo durante tercer grado me hice un poco de caca. La dejé salir por la botamanga del pantalón y me alejé del lugar”.

De niño, Kohan trabajó como modelo publicitario en tele y revistas. “La bicicleta amarilla fue comprada con dinero que yo había ganado haciendo publicidades en la televisión. Con el resto del dinero nunca supe qué pasó”. Acá hay un buen punto para entender un poco la escritura de Kohan: el humor y la ligera ironía en un registro sin desborde. “Hernán de al lado se puso a llorar cuando se enteró de que yo era judío”. El drama antisemita en una anécdota que provoca una risita, quizás culposa. Si bien este libro nada tiene que ver con sus producciones anteriores (ni posteriores: acaba de publicar la novela Confesión que aborda la figura del dictador Jorge Rafael Videla) este fragmento permite ver ese vaivén imperceptible que va de lo dramático a lo ligeramente cómico que Kohan usa no pocas veces en su obra (incluyendo los ensayos) y que genera, si no incomodidad, al menos cierto desacomodo. “No me gusta lo que vi, dijo mi abuela Dina, una vez que presenció cómo mi papá me daba una paliza”. La risa siempre puede filtrarse, aún en los pasajes más tensos de cualquier texto.

La lectura de Me acuerdo deja ver la mirada infantil sobre las cosas y las personas que lo rodean. En el libro no pasa nada, no hay un desarrollo narrativo, es un simple registro. Dijo al diario La Nación: “había que tratar que los recuerdos se consignaran en un listado, en una enumeración, casi sin sujeto, como si la escritura recordara, y no yo mismo, y casi sin memoria, entendiendo por memoria la interpretación narrativa de los recuerdos”. Sin embargo, la lectura es absolutamente llevadera y muy disfrutable. Y cuando se termina, supongo que a muchos lectores les habrá pasado algo similar, afloran los propios me acuerdo.

Y, por supuesto, dan ganas de escribir algo parecido. 

Un libro digno de ser copiado.

Dejar un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *