¿Quién tiene la culpa?

Argentina ha llegado, a la fecha, a casi un millón de casos positivos de COVID-19 y a una cifra de muertes que nos asustaba cuando la veíamos en otros países: casi 25.000 muertos. ¿Por qué, después de una gestión de la pandemia que fue aplaudida en todo el mundo, hemos alcanzado estadísticas similares (o aún peores) a las de países en los que – de un modo displicente y abiertamente contrario a la preservación de la vida – no se hizo nada (o casi nada) desde un principio? ¿Quién tiene la culpa de este momento tan angustiante?

Después de haber celebrado y defendido con entusiasmo la gestión de la pandemia que llevara a cabo en un principio el gobierno nacional, no sé ustedes, pero yo no puedo más que sentir una mezcla de vergüenza, decepción, humillación y dolor al ver el cuadro de situación con que contamos casi siete meses después. Y esta cadena de sensaciones no solo tiene que ver con la empatía con las víctimas del COVID-19, sino también con haber asumido que los resultados de la administración de esta catástrofe serían la confirmación definitiva de la superioridad de los valores que sustentan unas ciertas creencias políticas: un triunfo en este aspecto hubiera hecho claro de una vez y para siempre que la vida es más importante que la economía o que el camino es la solidaridad y no el egoísmo. Pero contar con estadísticas de fallecidos similares a las de los países dirigidos por políticos que pusieron la propiedad privada por encima de la preservación de la existencia, o con números de contagios propios de aquellas naciones que celebran la maximización del beneficio personal por encima de la igualdad parece, por el contrario, dar razón a los opositores de las medidas de buena voluntad. Con aire de triunfo y de regocijo por lo que juzgan una derrota de la que inexplicablemente se sienten ajenos, se escucha decir a los opositores al gobierno que se confinó inútilmente a la población dañando su economía, que ahora Argentina es el hazmerreír del mundo o bien que el proyecto sanitario del gobierno fue desencaminado. 

Los números son tan contundentes que el amor propio nos fuerza a quedarnos callados. Pero, ¿son válidas estas conclusiones? ¿La realidad epidemiológica actual lleva necesariamente a aceptar que hubo un enfoque erróneo de la situación? ¿Fue el gobierno nacional el culpable de este triste cuadro que contemplamos ahora? Repasaremos los hechos con detalle para lograr responder a estas preguntas. 

1.- ANÁLISIS DEL ACCIONAR DEL GOBIERNO

“Me preocupa más el dengue que el coronavirus”

A comienzos de febrero de este año, el Ministro de Salud Ginés González García, tuvo un gesto de lo que podríamos llamar “chauvinismo epidemiológico”, al manifestar que nuestros virus autóctonos eran más preocupantes que los foráneos. Audaz comparación, sobre todo después de constatar los estragos que la enfermedad estaba causando en Asia y en Europa. Un poco de orgullo por lo propio puede ser importante para alimentar la autoestima, pero está desaconsejado cuando se trata de pestes que de modo obvio entrarían por los aeropuertos. Durante todo aquel mes y los primeros días del siguiente, decenas de miles de pasajeros arribaron a nuestro territorio portando dentro de sí ejemplares de COVID-19 que evidentemente no se sintieron amedrentados por los banners impresos con recomendaciones que, como toda barrera epidemiológica, colocaron las autoridades en Ezeiza. La creencia errónea del Ministro respecto a la baja probabilidad de que un virus asiático llegara al país, pudo haber hecho la diferencia definitiva desde un principio. Hisopar, aislar y tratar a esos tempranos viajeros pudo haber sido evaluado como dificultoso y caro en aquel momento, pero hubiese resultado insignificante en comparación con lo que tuvo que invertirse después. Esto claramente habría cambiado la historia. Pero supongo que es más fácil hacer un juicio retrospectivo que uno anticipatorio, de modo que no sería justo poner el acento en este particular.

Al que madruga, Dios lo ayuda 

Ese error del gobierno, inducido por un mal cálculo del titular del Ministerio de Salud, fue de algún modo compensado por una reacción bastante veloz, al menos en comparación con la de mandatarios de otros países, en recurrir a la única arma probadamente eficaz contra la diseminación del virus: el A.S.P.O. (Aislamiento social preventivo y obligatorio). Si bien el período ventana entre el ingreso de la enfermedad al país y el decreto que obligara a la gente a quedarse dentro de sus casas fue suficientemente grande como para permitir una gran propagación geográfica de la enfermedad, esta fue la carta de triunfo del desarrollo de un primer tiempo del partido que claramente dominaron las autoridades. El apoyo social, hijo tanto del miedo como de la constatación de que alguien llevaba adelante aquí algo que también se había hecho internacionalmente, fueron factores decisivos para el éxito de esta medida que puso a la Argentina entre los ejemplos a seguir en todo el mundo y que permitió reforzar un sistema de salud hacía años dejado a la deriva, al tiempo que preparar los laboratorios necesarios para descentralizar el proceso de análisis de las muestras.

Hisopar por hisopar

Una de las recomendaciones más reiteradas por los epidemiólogos en los medios de comunicación tuvo que ver con la necesidad de realizar testeos masivos, en un número que hacía ver cualquier esfuerzo como insuficiente. La verdad es que la cantidad de estas pruebas que se hizo en el país (considerada por millón de habitantes) fue escasa en relación a la de otras latitudes. Sin embargo, la enorme cantidad de casos registrados, que nos colocan en el triste top ten mundial, permiten decir que no ha radicado allí el problema. Quizás con igual cantidad de hisopados, pero llevando a cabo las necesarias acciones subsecuentes de modo sistemático, la progresión de los casos nunca hubiera escalado tan velozmente. En efecto, el propósito de la estrategia de multiplicar los testeos no tenía que ver con fines estadísticos, sino con aislar veloz y efectivamente a los casos positivos para que no siguieran propagando el virus. Este segundo paso, sin el cual el primero perdía cualquier efectividad y sentido, se hizo a medias, de modo poco serio, permitiendo que muchos contagiados no tuvieran obstáculo alguno para decidir asistir a reuniones sociales o fiestas, como los célebres casos de la Doctora chaqueña que desperdigó el agente patógeno a fuerza de visitas a amigos y mateadas, el viajero que se calzó el traje para ir a la fiesta de quince de una pariente, contagiando a más de veinte personas entre las que se contaba su abuelo (que terminó falleciendo por ello), o el bendito baby shower de Necochea.

En boca de mentiroso, lo cierto se hace dudoso

Cuando el presidente hizo la primera comunicación para anoticiarnos de las medidas de confinamiento, aclaró que el término “cuarentena” no era del todo apropiado, pues en realidad se trataría de un aislamiento preventivo de catorce días. Los diarios de aquellas jornadas explicaban la etimología de la palabra y la necesidad de no tomarla literalmente y el propio Fernández habló de que dos semanas eran suficientes para observar la evolución de los casos que pudieran darse, aislar a los enfermos y evitar que se propagaran. Todos creímos ingenuamente que, al mantenerse cada quien en su casa, el virus desaparecería por no encontrar huéspedes a la mano y todos podríamos recuperar la vida normal. Pero no todo el mundo cumplió las reglas a rajatabla; mitad porque no hubo capacidad del Estado para controlar y sancionar, mitad porque nuestra gente no es demasiado afecta a seguir reglas. Lo cierto es que los catorce días previstos no fueron suficientes y así las autoridades tuvieron que anunciar prórrogas, bajo la eterna promesa de que bastaría con hacer un pequeño esfuerzo extra para que todo terminara. Muy a regañadientes y siendo contemplativa con la excepcionalidad de la situación, la gente creyó en los motivos esgrimidos para implementar estas extensiones. Yo creo que para el tercer o cuarto anuncio, los responsables del gobierno ya sabían que las prolongaciones serían muchas, probablemente porque no hubiera otra alternativa. Pero también es dable pensar que, por una cuestión de responsabilidad, no tuvieran otro camino que estas mentiras estratégicas. Lo cierto es que después de repetirse la escena varias veces, la gente ya empezó a adivinar cómo funcionaba el expediente y, necesitados de trabajar, comenzaron a descreer de las proclamas oficiales. Esto horadó la credibilidad presidencial y fue el comienzo de los problemas.

El Estado presente

La constatación de no contar con ninguna otra herramienta a la mano más que el odioso confinamiento y la percepción paulatina de la afectación que esta medida tendría sobre los sectores más vulnerables y sobre la economía toda, hizo que las autoridades decidieran realizar una serie de medidas entre las que se encuentra la creación de un fondo especiaI para enfrentar la pandemia; la creación de programas para asegurar la continuidad de los estudios, ante la modificación de los calendarios educativos; el cierre de las fronteras; la creación de mecanismos de control para supervisar el cumplimiento de la cuarentena; la eximición del pago de las cargas patronales; el refuerzo de los programas de desempleo e incluso la prohibición de los despidos; establecer un programa de precios máximos; implementar el I.F.E. (Ingreso Familiar de Emergencia); la suspensión del corte de servicios por falta de pago; el desarrollo e implementación de aplicaciones dedicadas al control de circulación; la prórroga para el vencimiento de deudas; el establecimiento de pagos extraordinarios para diferentes sectores críticos; la ayuda a los argentinos varados en el exterior y su posterior repatriación; el congelamiento de alquileres y la suspensión de los desalojos; la implementación de programas de asistencia de emergencia al trabajo y la producción; la creación de fondos especiales para la ayuda a diferentes sectores; el refuerzo de la Tarjeta Alimentar; los programas de asistencia para la agricultura familiar; el otorgamiento de subsidios para familiares de fallecidos por Coronavirus; el congelamiento de las tarifas de servicios relacionados con la telefonía, el internet y la televisión, que pasaron a convertirse en servicios públicos esenciales; las ayudas al castigado sector turístico, incluyendo el reciente programa PreViaje y una larga serie de etcéteras. La labor fue ciclópea y el reconocimiento por parte de la opinión pública, realmente mínimo. Supongo que lo que aquí falló fue la comunicación y la difusión de estas acciones de gobierno.

Omisiones 

Como vimos en el punto anterior, el trabajo del Estado difícilmente pueda ser justamente ponderado. Se hicieron muchísimas cosas, con un criterio rector claro y determinado: comenzar por los que tienen menos. Así lo proclamó el presidente y así se constató en los hechos. Pero este posicionamiento obvió una realidad para nada halagüeña: la diferencia entre los sectores postergados y los sectores medios no es tanta en nuestro país. Tampoco gran parte de la clase media contaba con herramientas y recursos para enfrentar estos meses de reclusión obligatoria. De esta manera, hubo un sector que no contó con ayuda alguna para enfrentar la crisis. Y esto no solo incrementó el rechazo de esta porción de la sociedad contra el gobierno popular, sino que permitió nutrir los históricos enfrentamientos de clase y posibilitó que los sectores opositores contaran con argumentos para derruir la imagen presidencial. Uno podría comprender que ya no había más fondos a que recurrir, lo cual es cierto. Pero la situación inédita debió haber permitido aguzar un poco el ingenio y haber habilitado un mayor uso de la autoridad del gobierno. Por ejemplo, al tratarse de actividades estratégicas, las empresas proveedoras de electricidad, agua, gas y telefonía e internet podrían haber sido intervenidas temporalmente, para que sus servicios llegaran sin costo a todos los habitantes. Esto podría haber generado un subsidio indirecto, reduciendo sustancialmente los gastos de las familias y asegurando la conectividad de los estudiantes a las actividades educativas (mientras que los costos operativos de las empresas podrían haber sido absorbidos por el Estado). Otra iniciativa en la misma línea podría haber sido la de gestionar la provisión masiva de alimentos a través de grandes empresas productoras, que llegarían gratuitamente a la población a cambio de exenciones impositivas futuras.

Fuera de control

Una de las mayores preocupaciones en las últimas semanas tuvo que ver con la profusión de la pandemia en el interior del país. La situación de la propia ciudad de Mar del Plata, que estuvo durante mucho tiempo prácticamente carente de este flagelo, es una muestra de ello. Creo que el Estado debió – y esto les cabe a todas las jurisdicciones – haber generado bloqueos mucho más férreos en relación al ingreso de personas ajenas a las distintas localidades. Las barreras sanitarias fueron demasiado endebles y las reglas de su funcionamiento estuvieron mal establecidas, lo que dio lugar a múltiples excepciones. Del mismo modo, los controles y los programas de prevención fueron escasos, cuando no nulos. Solo las primeras dos semanas los vecinos pudimos ser testigos del patrullaje de la policía por los barrios, instando a la gente a permanecer en sus hogares. Solo eventualmente, de modo desarticulado, pudimos constatar la intervención de agentes del orden que sugirieran a las personas mantener la distancia social o usar correctamente los barbijos. Y en este sentido falló enormemente la comunicación, pues no hubo propagandas que apuntaran a afianzar algunos comportamientos básicos. Debió haberse creado una suerte de épica ligada al cuidado propio y el de los demás, complementada con consejos muy básicos y prácticos, y no suponer, como ocurrió, que la gente ya sabía como cuidarse.

Previsión y negociaciones por la vacuna

Mi padre, que es un tipo práctico, dice que “los problemas se solucionan en la medida en que se presentan”. Con ello convirtió en aforismo la causa de sus fracasos en la vida. Porque la prudencia por el contrario, nos convoca a planificar. Y el gobierno actuó con gran prudencia al adelantar negociaciones con los laboratorios de los principales proyectos de vacunas a nivel mundial. Como los grandes mediocampistas, que ven lo que para los demás es invisible, los responsables del gobierno y del Ministerio de Salud, han hecho un pase al vacío para que alguien haga el gol dentro de algunos meses. Los acuerdos con AstraZeneca no pueden ser todavía suficientemente ponderados, pero en el futuro, cuando todo esto haya pasado, serán vistos como un prodigio de la estrategia gubernamental.

2.- ANÁLISIS DEL ACCIONAR DEL RESTO DE LOS ACTORES SOCIALES

Oposición mezquina, medios mezquinos

No sé qué palabra o qué término podría describir a alguien que patea a otro que está vencido en el suelo. Quizás podría hablarse de falta de grandeza; o tal vez, teniendo en cuenta la gravedad del asunto de que se trata, habría que ser más contundentes con las descripciones. Como sea, esto es lo que debe decirse de una oposición y de unos medios que siguieron jugando – más agresivamente que nunca – cuando el rival estaba revolviéndose de dolor con una fractura expuesta. Es probable que en términos utilitarios la estrategia sea excelente (observar si no, la caída en la imagen positiva del presidente), pero moralmente es del todo reprobable. Parafraseando a Kant, podrán lograr con ello algo a lo que llaman éxito; sin embargo, estarán lejos de ser dignos de ese triunfo. Embarraron la cancha conspirando contra todas las medidas del gobierno: llamaron medieval a la cuarentena (como si algo fuera inválido solo por ser antiguo); crearon el término “infectadura”, para cubrir de un manto de sospecha a las intenciones del gobierno, convocaron a marchas multitudinarias; seleccionaron para ser entrevistadas a todas las voces de especialistas en distintas áreas que tuvieran algo para objetar a lo que se venía haciendo; arengaron la desobediencia social; usaron la negativa a trabajar en la virtualidad como excusa para evitar discusiones parlamentarias inconvenientes para sus intereses; organizaron, promovieron y justificaron un reclamo salarial policial con armas en la cintura, alrededor de la Quinta de Olivos; pusieron en duda la continuidad del mandato del gobierno de más de un modo, para crear una sensación de excepcionalidad política montada sobre la excepcionalidad sanitaria; justificaron la inédita, inexplicable y súbita necesidad de millones de habitantes por practicar running en las plazas públicas; lloraron para pedir aperturas y luego arrojaron en la puerta de la Casa Rosada los muertos que esas aperturas provocaron. Y podríamos ocupar mil líneas más en el mismo sentido. El juego sucio es reprochable en general, pero inaceptable cuando su resultado son miles de muertes.

“No pasa nada”: la inversión de la causalidad

Alguien dijo con gran acierto que la cuarentena había sido víctima de su éxito. Y tenía razón. Durante un tiempo muy prolongado, Argentina contaba de a decenas los muertos que en otras latitudes se enumeraban de a miles. Esto generó la ilusión de que lo lógico era salir y obviar cualquier tipo de distanciamiento, ya que en los hechos “no estaba pasando nada”. La conclusión, sin embargo, fue errónea e hija de lo que se denomina una “inversión de la causalidad”. El que no hubiera contagios era el efecto o la consecuencia, precisamente, del confinamiento y no una situación de partida que pudiera entenderse como la causa de la decisión de no tomar ninguna medida precautoria. Este error lógico fue el fundamento de muchísimas personas para volver a una vida normal, sin ningún tipo de preocupación. En esta impresión equivocada, también influyeron grandemente los medios de comunicación. Existe un vínculo inextricable entre este punto y el siguiente ítem.

La conclusión errónea de que “la cuarentena no funcionó”

Con carácter de obviedad muchas personas, algunas incluso reputadas figuras de ámbitos profesionales, han afirmado que “la cuarentena no funcionó”. Aportan como elementos de juicio la cantidad de días de confinamiento y unos resultados que ponen a la Argentina a la cabeza de los peores rankings mundiales. Sin embargo, esta idea es absolutamente engañosa. Como se sabe, hubo un momento en que la gente decidió acabar de facto con la obediencia a las recomendaciones sanitarias, momento que fue percibido incluso por el mismísimo presidente, quien ante las presiones que recibía por todos los costados, advirtió a la población de que después, cuando los casos se dispararan, no quería escuchar sus quejas:

Un profesor mío, que recomendaba procedimientos para incrementar la creatividad, siempre decía: “Estas técnicas funcionan, pero solo si las usás”. Lo mismo podría decirse de la cuarentena: funcionó mientras efectivamente se llevó a cabo. Y muy bien. Lo que observamos como resultados negativos son las consecuencias de su abandono fáctico, aunque a nivel normativo el decreto siguiera vigente. Estamos afirmando que un remedio no nos hizo ningún efecto, cuando en realidad dejamos de tomarlo.

El coronavirus no es tan grave

Hace algunas semanas, el sociólogo Daniel Feierstein elaboró un hilo de Twitter que luego se convirtió en nota de Página 12, donde propone que las causas por las que no funcionan las medidas sanitarias en el contexto de la pandemia deben buscarse a través de la sociología y no de la medicina. Básicamente, sostiene que lo que opera en los sujetos sociales es la negación: el virus no tendría tanta gravedad y entonces lo lógico sería asumir el riesgo de salir. Quizás Feierstein tenga razón, lo cierto es que manejar algunos conceptos podría evaporar estas estrategias psicológicas defensivas. Una primera cosa que se ha escuchado es que no hay propiamente muertes por COVID-19, sino que los enfermos tenían comorbilidades previas. A esto es sencillo responder: hasta el momento en que se contagiaron de COVID, esas personas vivían una vida relativamente normal y ahora están muertas. No establecer un vínculo causal entre ambas cosas parece más fácil de adjudicar a un error del intérprete. Además, otros dicen que en rigor muere más gente de gripe común y que entonces no tiene sentido preocuparse. Pues bien, resulta que esas gripes a las que estamos acostumbrados están producidas por varios virus y no solo por uno; y aun así, causan entre 300 mil y 500 mil muertes anuales, contando con tratamientos varios y vacunas, sin confinamientos ni movilidad reducida. Para el COVID-19, que es un solo virus, no hay tratamientos ni inmunización alguna, su aparición detuvo literalmente al mundo y con todo eso ha provocado en diez meses cerca de un millón cien mil muertes. La proyección respecto a las muertes potenciales habla de 30 millones de muertes anuales si no se toman recaudos, y eso solo en el caso de que todos los enfermos pudieran tener atención médica en terapia intensiva: si estas unidades se desbordaran, los números podrían duplicarse. No querer ver esto es darle la razón a Daniel Feierstein.

El llamado a la “responsabilidad individual”

No debería hacer falta aclararlo, pero el llamado a la responsabilidad individual nunca funcionó en ninguna parte. Ni aun habiendo hecho a la gente prometer formalmente que se abstendrían de ciertas actitudes –por ejemplo, recurriendo al expediente de hacerlas firmar declaraciones juradas- se logró evitar que actuaran irresponsablemente. Un poco de “soga” bastó para que se organizaran fiestas, reuniones y hasta funerales. Desoyendo toda recomendación, los jóvenes (y no tan jóvenes) coordinaron eventos deportivos, compartieron bebidas y salieron a pasear y a correr como si nada pasara en absoluto. El problema es que, si bien la irresponsabilidad es personal, sus efectos son comunitarios. Aquellas personas resolutivas, de talantes prácticos, que desean acabar velozmente con los problemas, han decretado que no se puede seguir como hasta ahora, sino que habría que confiar en la responsabilidad personal. Pero la velocidad de las soluciones muchas veces es inversamente proporcional a su efectividad: mucho de lo que hoy sucede es producto de estos apuros irreflexivos.

Los protocolos “teatrales”

Otra expresión de la urgencia por acabar con los problemas provocados por la difusión mundial de esta enfermedad vino de la mano de los comerciantes de todos los rubros. Justamente desesperados por la imposibilidad de abrir sus negocios, entendieron que el único modo de hacerlo era a través de la implementación de protocolos. La intención es absolutamente loable, por supuesto; estos protocolos implican inversión, molestias y restringen la capacidad de facturación. Además, expresan su buena voluntad para compartir los costos de un problema que nos atraviesa a todos. Sin embargo, estrictamente considerados en su puesta en práctica, resultaron generar tan solo un “efecto teatral”. Uno entra a un comercio y debe hacerlo con mascarilla, lavar la suela de su calzado, colocarse alcohol y, si el local es grande, hasta pueden tomarle a uno la fiebre. En los hechos, sin embargo, es muy posible que las mascarillas, tanto de tenderos como de consumidores, estén pésimamente colocadas, con la nariz (o hasta la boca) descubierta, que el alcohol (que muchas veces ya no es alcohol, sino algún tipo de agua con un aroma indescifrable) se aplique en una cantidad insuficiente, como insuficiente sea también su distribución en todos los sectores de la mano; o bien que se cumpla con la limpieza de las suelas “de compromiso”, haciendo una especie de mímica incompleta de los movimientos necesarios para que la acción tenga algún efecto real. Ni hablar de que los termómetros no otorgan casi ninguna información relevante acerca del estado de salud, pues ni la fiebre es privativa de las infecciones que genera este virus, ni todos (sino tan solo el 25%) los casos positivos manifiestan una elevación de la temperatura corporal. A estas medidas se agregan otras como la distancia social, en el caso de propuestas gastronómicas. No hay que decir – pues basta con observarlo – que la separación entre comensales no siempre ocurre de un modo que sea efectivo y que se va achicando a medida que las personas olvidan el motivo de su implementación. En definitiva, los protocolos son realmente una incomodidad y por ello hay una tendencia natural a relajarlos, hasta el punto de que acaban siendo una mera simulación de la que todos nos hacemos cómplices. En Mar del Plata, por más que en un principio esto se negara, la apertura de locales comerciales, coincidió con una explosión de casos algunos días después. Yo sospecharía de una conexión necesaria entre ambas cosas.

El problema de la estacionalidad

Otra dificultad para procesar lógicamente la información que decanta de la experiencia en el paso por la pandemia se evidenció en la incorrecta interpretación de los efectos de estacionalidad en el desarrollo del virus. El problema es el siguiente: el conocimiento vulgar acerca de las enfermedades nos dice que nos resfriamos más cuando hace frío. Todos sabemos que, llegado el caso de que nuestras madres nos intercepten justo antes de salir de nuestras casas, nos habrán de recomendar con fervor que nos pongamos una campera para no enfermarnos. El frío, piensan ellas y pensamos todos, provoca resfriados. Sin embargo, este no es el caso. Los resfriados se producen luego de incorporar cargas virales. Si viviésemos en Groenlandia y no contáramos con ropas con que cubrirnos, pero no hubiese virus de circulación comunitaria, podríamos morirnos de hipotermia, pero nunca nos enfermaríamos. El vínculo entre el invierno y la posibilidad de contraer una enfermedad respiratoria, sin embargo, existe. Pero no por el frío en sí, sino por los comportamientos humanos que ocurren cuando hay bajas temperaturas. En efecto, cuando el frío arrecia, tendemos a juntarnos en espacios cerrados y calefaccionados con otras muchas personas, algunas de las cuales habrán contraído algún virus y lo esparcirán por el aire, contagiando fácilmente a los otros presentes. El problema de desconocer este mecanismo (o de conocerlo pero olvidarlo, como sucede con muchos profesionales de la medicina) es que de ello se desprenden derroteros de acción perjudiciales. Por ejemplo, muchas veces se tienen como referencia las curvas de contagios de Europa y se pretenden sacar conclusiones de lo que debería hacerse aquí a partir de ellas, pero sin tener en cuenta este factor estacional correctamente interpretado. Así, se ha dicho que los europeos estuvieron, por ejemplo, con medidas de restricción durante tres meses, y que luego de ello “abrieron todo” y los casos comenzaron a bajar, hasta casi llegar a cero. Y entonces se calcula que ese período de tres meses debería considerarse como norma para implementar, por ejemplo, el regreso a clases. Pero al hacerlo se hace caso omiso a que la baja de casos se dio (por motivos estacionales) a pesar de las aperturas y no gracias a ellas. Este error es grave y ha llevado a proponer acciones que agravaron las cosas en vez de minimizarlas o incluso solucionarlas. Los planes de regreso a las aulas (para hacer actividades de revinculación), siguen esta lógica y podrían tener resultados absolutamente negativos.

Atender a frases hechas

Las frases hechas son condensados de sabiduría práctica que pueden ser útiles para aplicar en ciertas situaciones. Sin embargo, su implementación irreflexiva, esto es, sin atender a las circunstancias fácticas particulares, pueden llevar a malos resultados. Este es el caso, por ejemplo, de una sentencia que se ha repetido hasta el infinito durante esta pandemia y que sostiene que “no hay que tener miedo, porque el miedo paraliza”. En el marco de esta incertidumbre, mucha gente ha manifestado no sólo miedo, sino a veces hasta pánico. Y ante esta respuesta, muchos comunicadores e incluso profesionales, sacaron a relucir, como si de un reflejo se tratara, la frase tantas veces repetida. Ahora bien, la idea que opera detrás de esta recomendación es que hay que evaluar el contexto de un modo objetivo, y no temer innecesariamente: si no hay nada de qué temer e igual tenemos miedo, estaremos reaccionando de modo irracional. Sin embargo, lo que esta frase no tiene en cuenta son los casos en que hay algo de lo que temer. En tal circunstancia, es al revés: lo irracional sería no tener miedo. Y mucho más en el caso de una enfermedad para la que no hay vacuna ni tratamiento donde, precisamente, quedar paralizado es la mejor alternativa. Las repercusiones de esta confusión llegaron tan lejos que hasta permearon en las esferas gubernamentales, que han tratado de evitar generar miedo en la población (como si esto fuera algo malo en sí mismo). Este es otro de los motivos por los que los ciudadanos perdieron el miedo y el respeto al virus. También el sociólogo Feierstein (que mencionáramos más arriba) habló, parafraseando al investigador Ricardo Etchenique, de la necesidad de que la gente accionara el mecanismo de preservación que es el miedo cuando habló de la instancia de creación de la “inmunidad de cagazo”, que ocurre cuando las sociedades, habiendo constatado los peligros de la profusión del virus, comienzan a respetar las normas por sí mismas. Pero, como bien desarrolla este artículo, esto no se logra espontáneamente. La repetición de esta frase hecha tuvo efectos realmente regresivos en relación a la posibilidad de que la población aceptara las recomendaciones de los especialistas.

Sálvese quien pueda

Si para explicar parte del resultado nefasto que se ha conseguido en nuestro país en relación con la pandemia menciono a Milton Friedman o a la escuela austríaca de economía, se dirá que estoy desvariando. Pero creo encontrar una relación muy directa. Las propuestas que desarrollaron estos investigadores del orden neoliberal llevan la impronta de una antropología que concibe al hombre como un ser egoísta reducido a su racionalidad instrumental. Se trata del famoso homo oeconomicus. Según esta perspectiva los seres humanos son entes preconstituidos, cuya única ambición es maximizar el beneficio personal. El asunto es que esta es la matriz de pensamiento con que, en nuestro país y en casi todo el mundo, han sido moldeados los sujetos nacidos en los últimos cuarenta años. Autopercibirse de este modo implica hacerlo con independencia de los lazos sociales y bajo una lógica en la que rige el “sálvese quien pueda”. Así, suponemos que el ejercicio de la libertad no tiene una arista comunitaria y por ello es prácticamente nula la voluntad que tenemos a disposición para hacer algo por los otros. La actitud de adolescentes y jóvenes que no dudan en satisfacer sus deseos personales, aun a sabiendas de que con ello pueden comprometer la salud de los adultos mayores con quienes conviven, tiene también en el fondo un fuerte aroma a esta antropología del nuevo liberalismo.

Hay problemas más graves que otros

Si la única herramienta que uno tiene es un martillo, es probable que todo le parezca un clavo. Por ello los psicólogos, psicoanalistas, neurólogos y neurocientíficos al analizar esta pandemia, han puesto el ojo solo en un asunto: los efectos que el encierro puede provocar en la psiquis de las personas. Me parece una observación plausible y atendible. Sin embargo, al participar de programas de televisión y de radio para expresar opiniones en este sentido, han pecado de inocencia y candidez. Pues, a pesar de que es posible adivinar una buena voluntad en sus análisis, no puede decirse lo mismo de los conductores y periodistas, quienes muchas veces se “colgaron” de estos argumentos como excusa científica para conspirar contra las medidas del gobierno. Muchos de estos científicos tienen una gran ascendencia en la opinión pública, por lo que deberían haber sido más prudentes al subrayar estos aspectos, que por graves que fueran, nunca lo serán tanto como los relacionados con la salud física. Mucha gente encontró en estas conclusiones un motivo fuerte para sentirse autorizada a desobedecer las reglas impuestas desde la autoridad gubernamental, sumando más problemas a los ya existentes. Es decir, si bien es preferible no tener afecciones psicológicas que tenerlas, también es cierto que es preferible estar vivo a no estarlo. Pero este aspecto quedó fuera de las consideraciones de los gurúes del cerebro.

  Incapacidad de prever consecuencias

Actuar racionalmente puede definirse (de un modo básico, al menos) como la posibilidad de adecuar los mejores medios para conseguir los fines que uno se ha propuesto. Sin embargo, a poco de aplicar esta idea a la práctica se advierte que esta posición es ciertamente ingenua. Porque a veces la consecución de un determinado fin genera más problemas a largo plazo. Así, la ecuación se complica al incorporar los efectos distantes. Como sociedad, no tuvimos muchas veces estas precauciones; nos apuramos a conseguir ciertos objetivos inmediatos, pero no tuvimos en cuenta las consecuencias a largo plazo. No advertimos que un cumplimiento estricto de la cuarentena, incluyendo para ello un control social horizontal, hubiera generado restricciones más duras pero que se hubieran compensado con una salida mucho más veloz. En cambio, cumplimos a medias y eso, a la larga, tuvo el efecto de una prolongación infinita de las exigencias de restricción.

Manifestantes autoconvocados se movilizaban en rechazo de la cuarentena -  Télam - Agencia Nacional de Noticias

Las marchas de la insolidaridad

Marchas, banderazos, protestas, reclamos, movilizaciones y todo tipo de expresiones colectivas se hicieron sentir en los meses en que la prudencia dictaba aislarse. Curiosa circunstancia para una sociedad en la que cuando lo que se requiere es actuar colectivamente, cada uno atiende a su propio juego. La distancia temporal que separa el momento del contagio de la aparición de los síntomas del cuadro que provoca el coronavirus, ha creado en los manifestantes la ilusión de que sus acciones fueron inocuas respecto a la profusión del virus. Pero cualquiera que desee analizar el asunto con detalle, encontrará que estas reuniones sociales masivas precedieron a la explosión de las curvas de contagios. Es cierto, nunca habrá pruebas concluyentes de ello. Pero tengo la esperanza de que en su fuero íntimo estos protagonistas indeseados se arrepientan de sus actos y, al menos, tengan la decencia de no repetirlos.

Autoindulgencia

En muchos casos, justificada en lo extraordinario de esta situación, la gente actuó con indulgencia frente a las propias transgresiones a las normas. Sujetos en la mayoría de los casos cumplidores de cada recomendación, tuvieron (tuvimos) momentos de relajación en los que se perdonaron a sí mismos o se justificaron por no llevar delante de modo riguroso lo que debía hacerse. Estas pequeñas licencias, hay que decirlo, de seguro también han sumado a empeorar la situación.

No hay tal cosa como una “nueva normalidad”

Nadie que esté vivo en la Tierra puede decir que ha pasado antes por una situación como esta. Una pandemia de estas dimensiones es absolutamente inaugural para todos. Ahora no podemos darnos la mano, ni abrazarnos, ni asistir a instituciones educativas. No podemos celebrar fiestas, ni viajar, ni conocer nuevas personas. No podemos salir sin barbijos. No podemos, incluso, dejar de hablar de este tema. No hay algo así como una “nueva normalidad”. Porque si es nueva, no es normalidad. Convocar a adaptarnos, a “convivir con el virus”, a hacer como que no existe, es una exigencia imposible, que de ser intentada provocará más perjuicios que beneficios. Y que podría haber llevado a las personas a actuar como si esto ya hubiera terminado. Pero no terminó. Nuestro cansancio no provoca la desaparición del virus.

La urgencia por volver a clases

Por último, enunciaré una situación que aún no ha ocurrido masivamente y que no debería contarse entre los causales de los lamentables resultados que nuestro país ha conseguido en el tratamiento de la pandemia, pero que puede preverse que empeorará las cosas. Me refiero a la incontenible necesidad que los medios han decidido en las últimas semanas que existe de que se vuelva a las clases presenciales. Entre los argumentos para que esto ocurra se mezclan muchos de los que ya hemos considerado, pero se suma a ellos un afectado esfuerzo por hacer hincapié en las virtudes de la educación (es extraño, sobre todo viniendo de sectores que históricamente han sugerido desfinanciar absolutamente esta área) y una serie de consideraciones infectológicas que giran alrededor de la constatación de que los niños no resultan particularmente afectados por el virus. Pero si bien es cierto que los niños solo presentan complicaciones en un número estadísticamente insignificante, parece que estas opiniones olvidan los considerandos que llevaron al cierre de las escuelas en primera instancia. Por empezar, que un solo niño pudiera presentar complicaciones con el COVID-19 podría ser ya un motivo para hacer lo que fuera por evitarlo. Pero aun dejando de lado una actitud humanitaria tan poco frecuente que ya nos parece inconducente, hay que poner en claro una serie de elementos que deberían hacer cambiar la impresión de la opinión pública. A saber: que los más jóvenes son vectores de transmisión de la enfermedad, que las aulas parecen un espacio especialmente adecuado para asegurar multicontagios, que en la apertura de las escuelas está involucrada la participación de agentes adultos que acabarán necesariamente siendo víctimas de la enfermedad y que el restablecimiento de la normalidad de los establecimientos educativos implicará un incremento del uso de los transportes públicos, generando una progresión exponencial de los casos positivos. Espero que la presión social y mediática no nuble la capacidad de análisis de las autoridades para que esto no acabe desbordándose aún más y haciendo inútiles los esfuerzos de tantos.

3.- CONCLUSIONES

Un error generalizado en relación a la evaluación de la pandemia alrededor del mundo ha tenido que ver con no observar el carácter dinámico del fenómeno. Los juicios de especialistas y neófitos sobre el éxito o el fracaso en el control del virus por parte de los diferentes responsables políticos y sanitarios, han sido parciales, tanto por no haber considerado los fenómenos de estacionalidad, como los vinculados a aspectos sociológicos.

La premura por contar con resultados analíticos que permitieran prever derroteros de acción certeros, hizo muchas veces apurar las conclusiones. Se juzgaron, por ejemplo, como efectivas ciertas acciones contando con datos referidos a la reducción de casos en países del hemisferio norte, al tiempo que se señalaban como caóticas las gestiones del avance del virus en otras regiones del sur, sin incluir en el balance el hecho de que en el primer caso se estaba saliendo de la temporada de invierno y en el segundo, entrando en ella. Esto, como se explicara más arriba, no tiene que ver con que el frío o el calor influyan en la supervivencia del patógeno, sino que se entiende por las conductas sociales involucradas con el clima. Parecía que Europa había hecho algo bien, y que por ello las curvas de contagios se habían derrumbado; mientras que aquí, por supuesta inoperancia de la acción del gobierno, todo se sale de madre. Sin embargo, el cambio estacional parece comenzar a revertir los efectos. Argentina comienza con lentas aperturas, mientras que en el viejo continente se multiplican las medidas de confinamiento. Hay un movimiento rítmico de la viralización que ocurre más allá de los esfuerzos de los tomadores de decisiones y que debería dictar una mayor cautela a la hora de establecer las sentencias epidemiológicas. El fracaso de Italia devino luego en la impresión de que la nación mediterránea aprendió la lección y pudo contener la fuerza arrasadora del temporal sanitario. Los aplausos para nuestro país se convirtieron en abucheos cuando atravesamos el momento más frío del año.

Sin embargo, a este poderoso dinamismo se le suma otro aspecto, quizás el principal: las actitudes sociales. Los fríos meses del comienzo del año no pudieron con la obediencia japonesa o noruega. Y el calor del verano no redujo la muerte de un Estados Unidos lleno de negacionistas, encabezados por su propio presidente. No es posible, como señalaba Maquiavelo, contener el desborde de un río (el coronavirus es esta inundación), pero sí es posible colocar sacos de arena con antelación para minimizar el daño (la mejor prevención, en este caso, era y es aún la cuarentena). Al gobierno argentino puede achacársele cierto descreimiento inicial respecto a los peligros que se avecinaban. Es posible también señalarle alguna desorganización y un mal manejo de la comunicación en relación a la gravedad de las circunstancias. Pero es imposible sospechar siquiera que haya contado con mala intención. Muy por el contrario: se trabajó denodadamente para aprovechar la experiencia de otras latitudes, aun pagando el precio que siempre tiene tomar medidas fuertemente impopulares. La terquedad en esta actitud, que le valió incluso la increíble acusación de constituir una dictadura epidemiológica, es prueba de la asunción de la responsabilidad de velar por la salud del pueblo. Pero gran parte del pueblo dejó, en un momento que se puede señalar con precisión, de acompañar esta intención. Y decidió, de facto, contra todas las evidencias empíricas y aun a pesar de tener conciencia plena del daño potencial que podía implicar para terceros, que era falso que el río hubiera crecido en su caudal.

Por supuesto, esa conclusión no llegó sola. Los medios sirvieron para vehiculizar los (pseudo) argumentos que parasitaron las voluntades de los inesperados actores de la queja. Razones que, a su vez, abonaban los intereses de un poder real que no dudó un segundo en aprovechar la dramática coyuntura para desplazar a un gobierno que nunca le quedó cómodo. Pero para que esa prédica mezquina y ventajera pudiera prosperar, hacía falta también un receptor que por una parte fuera manso, acrítico, habituado a obedecer y a creer ciegamente en cualquier información que fuera funcional a sus posiciones previas, por muy endebles que se mostraran sus fuentes o sus fundamentos; y que, por otra, hubiera sido moldeado en una matriz individualista y habiendo sido cortados todos sus lazos solidarios. Todo eso se concentró en la base electoral de la oposición que, más o menos politizada, desobedeció desafiante, se río de las recomendaciones desde una ignorante soberbia, copó las calles masivamente e hizo todo lo posible para conseguir cada uno de los muertos que mañana la historia referirá en la truculenta contabilidad del primer gran problema masivo del mundo globalizado.  

En base al caso argentino y observando la clasificación mundial que ordena las naciones por el número de contagios y de decesos, me atrevo a elevar una hipótesis: los malos resultados en la gestión de la pandemia son directamente proporcionales a lo incorrecta y desatinada que sea la interpretación que hacen los pueblos del concepto de Libertad. La aparición del virus nos trasciende, pero nuestras actitudes colectivas en relación a su presencia, pueden agravar o morigerar sus efectos. Pensarnos bajo la idea de una libertad social – y no individual – puede ser un remedio más poderoso que cualquier test, que cualquier tratamiento o que cualquier vacuna.

@walterdoti

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