Los mala leche y el precio de la comida

En 1986 el gobierno de Raúl Alfonsín libraba varias batallas a la vez, cuando iba por la mitad de su mandato y a sólo tres años de restituida la democracia. Una de ellas se libraba con los capitanes de la industria, particularmente la alimenticia, quienes subían precios cartelizados, en una inflación que prometía (y finalmente cumplió y determinó el colapso de su gestión en 1989) volverse galopante.

Uno de los sectores duros era el de la producción avícola. Tras fallidos intentos para que los productores (nacionales y trasnacionales) afinaran el lápiz de los pollos, el alfosinismo se decidió por intervenir en el mercado. Lo hizo con un decreto firmado en junio de ese año, donde el Estado se daba a subsidiar importaciones para forzarles una competencia a la baja.

Es allí donde nace uno de los recuerdos más indelebles y peor guardados de aquella gestión radical: los pollos de Mazzorín.

Ricardo Mazzorín, Secretario de Comercio Interior, ordenó la compra de 38 mil toneladas de pollo provenientes de Hungría. Fue una operación con buenas intenciones y malos resultados. Además de resultar muy oneroso el alquiler de las cámaras frigoríficas necesarias, bastó que un 20% de ese cargamento se echara a perder, para desatar el escarnio nacional, risotada que maximizó el alcance de la torpeza (llegó a decirse que los pollos venían de Chernobyl, la ciudad ucraniana que protagonizó ese año el mayor desastre nuclear) y tal vez selló el destino de la intervención del Estado en la economía, algo que terminó de sepultarse con la ola neoliberal que llegaría en los 90′ y de exhumarse con la llegada de Kirchner en 2003.

Tres décadas más tarde, ya transcurrido un año del gobierno de Alberto Fernández, el problema es básicamente el mismo.

Con toda la razón, las familias argentinas que tienden a perder (los trabajadores) se quejan amargamente de la imposibilidad de costear la comida. Mortificada por una pandemia que no da tregua y que produjo un parate mundial de la economía (que en nuestro país tuvo el devastador adelanto del macrismo), con precios que suben implacables y con salarios que se quedan quietos, la propia base electoral del Alberto comienza a preguntarse si ha recibido a un gobierno peronista o a un placebo. Una pregunta que me parece injusta, sesgada adrede por las mismas usinas de opinión que le cayeron a Mazzorín.

Se podría hacer una lista, desde las IFE a los ATP, de la tarjeta Alimentar a la suba de salarios indirecta que representan una mejor salud pública y los congelamientos parciales de tarifas. Sé que no alivia la calentura, pero la realidad es un todo, que a su vez es más que la suma de las partes.

Pero sigamos con la comida.

El Estado no produce alimentos. Para quien suscribe debería, pero no lo hace. Pero aunque el Estado no sea granjero (porque ni siembra, ni cosecha,  ni envasa) son varios los instrumentos que puede utilizar (y utiliza, con variados resultados) para tratar de planchar los precios.

Control sobre la divisa

Los exportadores reciben dólares a cambio de su producción, lo que los lleva a intentar devaluaciones en forma perenne. Una depreciación del peso -que es la moneda en la que cobramos los laburantes y con la que le pagamos al chino- aumenta a la misma vez la ganancia de esos sectores y la pobreza y hambre de las grandes mayorías. Como el macrismo no sólo vació las arcas de dólares, sino que adquirió con privados y el fondo la deuda externa más enorme pagadera en verdes, no queda otra que un control de cambios. Fijar (forzar) un valor oficial para el sector exportador y un dólar más caro para el sector viajador o comprador de giladas chinas. Como además buena parte de los precios tiene un componente dolarizado, dejar subir la cotización de la divisa, subirá (más) automáticamente los precios.

Precios de referencia

Vamos y venimos con los Precios Cuidados. Buena la intención, difícil la aplicación, magro el resultado. La idea es clara: tratar de conducir la demanda hacia productos básicos de la canasta familiar que pueden ofrecerse a un precio más bajo en las góndolas, obligando así a los competidores -en un panorama ideal- a no zarparse con los aumentos. Acá aparecen de nuevo los dueños de los medios de producción (capaz me lo publican en la Izquierda Diario), que es con quienes hay que acordar esos Precios Cuidados, las cantidades y la logística de distribución. Y es ahí donde se hace agua una y otra vez. Porque no habiendo quien controle ni sancione, las medidas son letra muerta o moribunda. Es más fácil encontrar a Wally que a los Precios Cuidados, sobre todo en los mercados de menor superficie.

Diversificación de la oferta

Hay una obsesión en reclamar, casi exclusivamente, que la heterodoxia económica active la economía estimulando la demanda. Dicho de otro modo: suban los salarios, las jubilaciones y los planes, hijos de la mierda. Parece no entenderse la fugacidad de ese beneficio si es que al mismo tiempo no se logra una desconcentración y a la vez un crecimiento de la oferta. Dicho de otra manera: pongan las máquinas a laburar a pleno, hijos de la mierda. Porque en tanto los empresarios retaceen la inversiones, la cantidad de bienes y servicios en el mercado seguirá una constante, que encontrándose con una demanda con más guita, sólo será trasladado -otra vez- a los precios, es como atrapar humo con las manos. Y aquí aparece el problema de la hiperconcentración de las producciones. El mejor ejemplo es Mastellone, el imperio del mal que produce La Serenísima. Mastellone hace lo que quiere, porque es el poronga del mercado lácteo (perdón si se vuelve porno), si bien hay otras empresas del ramo, su centralidad condiciona a las demás y a toda la cadena. Si no me cree, pregunte al almacenero de su barrio. Sólo una aparición fomentada por el Estado de nuevos actores (pymes, cooperativas) puede relativizar el lugar de los hermanos serenísimos y permitir otras relaciones en toda la cadena, con precios justos para lo que reciben los tamberos y pagan las familias.

Nota: salvo que expropiemos… el Estado no puede obligar a los empresarios a producir. Eso pone a los gobiernos a sentarse con ellos en negociaciones forzosas y continuas. Tal vez los grandes empresarios en otros países sean razonables y patrióticos; acá no, acá son una banda de buitres que sólo priorizan una ganancia inmediata en desmedro de todo lo demás. No sé, propongo averiguar cuánto margen de ganancia tiene Carrefour en París y cuánto tiene acá; cuánto le paga al productor de manzanas de la campiña y cuánto le cobra al consumidor parisino. Creo que debe ser sorprendente (esto se llama periodismo desganado).

Los bienes de intercambio

Los señores que son dueños de los granos de maíz, que son los dueños de los silos, que son los dueños de los puertos, que son los dueños de los tractores, que son los dueños de los medios de difusión, venden esos granos en dólares a los chinos para alimentar a los chanchos de la China. Si usted quiere hacerle polenta o pochoclos al nene, los señores que son dueños de los granos de maíz, que son los dueños de los silos, que son los dueños de los puertos, que son los dueños de los tractores, que son los dueños de los medios de difusión de fakenews, le pedirán a usted que pague ese maíz en dólares, porque sino mejor van y se lo venden a los chinos para los chanchos. Es lo que pasa con los bienes de intercambio, te dolarizan el mercado interno, te dolarizan. Si el Estado quisiera ser árbitro en la cuestión y quiere que haya un precio razonable y accesible para el soberano, tiene básicamente dos caminos. O le pone un impuestito o arancelito más fuerte a las exportaciones (¿se acuerdan de las retenciones?) o le exige que una partecita de la producción se quede en el país. Porque no es extraño ver que  los señores que son dueños de los granos de maíz, que son los dueños de los silos, que son los dueños de los puertos, que son los dueños de los tractores, que son los dueños de Leuco, están que se tiran un pedo y les sale un dólar, mientras legiones enteras de argentinos y argentinas se cagan de hambre. Medio injusto, ¿no? Producir en Argentina alimentos para 400 millones de personas, pero en tanto esas personas no sean argentinas.

Hay un coro griego de canallas de la tele que te van a decir que Venezuela, la palabra mágica para advertir que los empresarios se asustan y no juegan más.

Jajaja, son graciosos, cuando se hizo (2015-2019) lo que ellos querían, nos dejaron fundidos, otra vez. Daría para largo, pero los canallas, los mala leche de este juego, son impermeables a las pruebas.

Hasta pronto.

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