La cuarentena de Sísifo

“El esfuerzo mismo para llegar a las cimas basta para llenar un corazón de hombre. Hay que imaginarse a Sísifo dichoso”. A. Camus

“Ya va a pasar. De esta salimos todos juntos (y mejorados). La humanidad no llegó hasta acá rindiéndose ante el miedo. Hemos pasado por cosas peores. En septiembre va a haber una vacuna. Estamos preparando el protocolo para la vuelta a clases en agosto. Hay que ver cómo va a ser la economía post-pandemia. Imitemos a nuestros héroes, así todo esto será más corto, más rápido y con menos dolor. Y cantemos. Como podamos, por Zoom, con un coro de dieciocho ventanitas. Y salgamos a aplaudir a los verdaderos héroes que están en la primera fila. Aprovechemos para leer. Seamos creativos. Valoremos lo que tenemos. Porque lo que logramos no es mérito de un gobierno, sino de toda la sociedad. Porque había que parar un poco el ritmo. Fijate: la naturaleza recupera su espacio. Logramos dar contención a los chicos a través de las clases por videoconferencia. Estamos teniendo una capacitación digital acelerada”.

No hay referencias; no hay especialistas que valgan. La situación es inédita, completamente inaugural. Y entonces llenamos el vacío con relatos. Creamos escenografías y actuamos. Actuamos la confianza, actuamos la valentía, actuamos la certeza. Y planificamos para el día después. Lo que vamos a hacer, cómo vamos a hacerlo, cuándo lo vamos a hacer. Y el aire se llena de especialistas en situaciones nunca vividas, que también fingen autoridad e indican y amonestan, indignados por cómo piensan hacer las cosas los demás. Y para pasar el rato nos perdemos en el mundo y sus diversiones, ahora confinadas diversiones mundanas. Levantamos con palabras y actos una enorme carpa de circo. Y la costumbre – la repetición- nubla la lucidez y refuerza el olvido enmascarando las apariencias; la cruda realidad de que todos esos sentidos son ficticios, de que no son más que decorados, meros artificios.

Sin embargo, cuando la cuarentena se hace larga y el impulso vital decrece; cuando la creatividad se agota, surge el porqué, la pregunta. Y la carpa del circo comienza a caer lentamente, como si alguien quitara una a una las estacas que mantenían tensa la lona. Los ornamentos colocados para darle valor a nuestra experiencia vital se revelan falsos y desaparecen, enfrentándonos a la experiencia completamente desnuda. Nos damos cuenta de que no sabemos absolutamente nada: ni cómo salir, ni cuándo va a terminar todo, ni siquiera si existe un escape. De repente, se vuelve transparente que las fechas que se barajan para el futuro manifiestan tan solo nuestra fe infantil de que de algún modo todo se solucionará; nos damos cuenta de que las referencias a los actos de heroísmo del pasado en nada inciden en la situación presente. Advertimos que no existen elementos de juicio para sostener ningún optimismo: todo está oscuro y estamos solos. Surge el miedo. Y la conciencia del miedo pare a la angustia. Cantar pierde su romanticismo; caemos en la cuenta de que en realidad no hay nada que aplaudir aún, porque la batalla se está perdiendo. De que la presencialidad es irreemplazable. De que, de la tecnología y de la ciencia, por mucho que hayamos sido educados en la leyenda de su omnipotencia, no se puede en realidad esperar nada. Nuestros anhelos que desean, se divorcian de la realidad, que decepciona. Hay días en que desaparece la esperanza y aparece la desesperación.

Son momentos. No siempre sucede. Pero cuando ocurre emerge lo absurdo. Todo se revela absurdo. Hace pocos meses íbamos, veníamos, sin reglas, sin protocolos. Podíamos proyectar, prever. Respirar no era un problema; tampoco acercarse a otros. Ahora se impone guardarse, se impone evitar las salidas. No hay reuniones ni festejos. No hay posibilidad de hacer planes. Y que no se entienda esto como un señalamiento, como una queja. Es obvio que no hay alternativa. Pero los días se repiten casi idénticos. El entusiasmo se escurre por debajo de nuestros pies. Y lo que en principio se sentía como una nueva aventura, como un desafío extraordinario, se siente como un trabajo inútil y carente de cualquier esperanza. Como el castigo que los dioses impusieron a Sísifo.

Sísifo es un personaje de la mitología griega que, por haber delatado a Zeus, fue castigado en el inframundo a un tormento interminable: empujar cuesta arriba una enorme roca por una pendiente empinada, para llegar a la cima cada día y observar como la piedra, una vez allí, volvía a rodar hacia abajo, teniendo que repetir el proceso infinitamente. Albert Camus, que trabaja este mito filosóficamente, entiende la situación del protagonista como una metáfora – como un símbolo – del absurdo mismo que constituye la existencia. Luchamos, batallamos, ofrendamos nuestra vida al yugo y tratamos de escapar a la muerte, para finalmente advertir la futilidad de nuestra tarea. Y si esta es la norma en cualquier tiempo, lo es mucho más en  situaciones excepcionales como la que vivimos. La incontestable realidad de la pandemia sopla como un huracán que destruye la posibilidad misma de todo salto de fe. Los sentidos provisorios no resisten; vuela por el aire la confianza, caen las teorías explicativas que ponen la responsabilidad en distintos actores (teorías que son otras formas de ordenar los sucesos) y se parten en pedazos los intentos negacionistas del desastre. Nos levantamos sin saber para qué, encaramos nuestros negocios repitiendo los pasos mecánicamente, pesadamente, densamente. La voz de los profetas que nos llega a través de los medios y a la que ya nos habíamos acostumbrado, ahora nos resulta insoportable. Detectamos su idiotez de modo crudo; su hipocresía, que invita a la desobediencia al mismo tiempo que llora los muertos por la peste, se nos aparece sin piel. El tedio nos invade como si se tratara de un gas que se expande por todo el espacio. Nada parece cambiar: todo aburre, todo cansa. Y tenemos que hacer un esfuerzo sobrehumano para evitar descargar nuestra ira sobre los que actúan como si esto pudiese llamarse normalidad. Somos Sísifo.

Quizás una vacuna o un tratamiento pueda deshacer la maldición. Pero mientras esto no ocurra tendremos que lidiar con el sinsentido, que surgirá recurrentemente y sin avisar. Y la solución no puede ser la de las religiones (la esperanza), porque es injustificada. Camus nos sugiere, en cambio, que la salida está en la aceptación del absurdo. Sísifo se libera cuando reconoce su destino. A partir de allí, vive su vida sin restricciones. Para nosotros tampoco es posible esperar soluciones mágicas; no es posible esperar nada. No debemos sucumbir a la tentación del autoengaño, que puede llevarnos a urdir ilusiones que se caerán como castillos de naipes cuando asome la lucidez. Lo mejor es decir sí a esta nueva realidad descarnada. Sin disfraces. Sin oropeles interpretativos. Porque disfrazar la piedra hará más evidente la piedra. El pensador francés dice que el momento más importante del ciclo eterno del personaje griego ocurre en el regreso al pie de la montaña. Sísifo piensa en su tragedia. Y es ese mismo pensamiento el que asesina la aplastante verdad de su fatalidad: “no hay destino que no se venza con el desprecio”. Enfrentar esta pandemia es lo que nos toca. No hay culpables, no hay lecciones posibles ni soluciones a la vista. Ninguna decisión que tomemos tendrá costo nulo. A la larga, nadie saldrá ganando nada de todo esto. Lidiar con esta verdad es el paso previo necesario para bajar todas las noches por la ladera con alguna alegría genuina, sabiendo que nuestra roca en forma de corona es nuestro asunto y que es parte de nuestro destino puramente humano seguir haciéndola rodar. Esta es la solución de Sísifo quien, en definitiva, era para los griegos el más sabio y prudente de todos los hombres. Bien podría ser la nuestra.

@walterdoti

Dejar un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *