Desiguales por menstruar

“La menstruación es la única sangre que no nace de la violencia y es la que más asco da”, rezan las paredes. Y es que ese proceso cotidiano para la mitad de la humanidad continúa siendo un tabú y un acelerador de desigualdades, sobre todo cuando la crisis grita presente, porque los cuerpos menstruantes continúan haciéndolo aún en cuarentena. 

La menstruación, esa paradoja que convierte a las niñas en mujeres al instante que atraviesa sus cuerpos, pero que a la vez debe ser ocultada como si fuese un pecado mortal. Así, los productos de gestión menstrual, en general protectores femeninos, son pasados de mano en mano con el mayor disimulo posible, no vaya a ser que alguien se dé cuenta que el cuerpo sangra. Pero ¿qué pasa cuando el acceso a esos productos excluye a esos cuerpos del trabajo o la escuela?

Según datos de la Organización Economía Feminista, el costo de la gestión menstrual en nuestro país oscila entre los 2000 y 3800 pesos anuales, acentuando la desigualdad económica. En un contexto que indica que las mujeres ganan un 37% menos que un hombre por el mismo trabajo y cuyo salario promedio ronda los $18.000. Situación que se intensifica en el marco de una crisis, ya que el impacto económico suele ser mayor para mujeres y niñas que tienen trabajos inseguros o viven al borde de la pobreza, según lo informan organismos internacionales como la ONU y la OIT.

En ese sentido existen diferentes proyectos que buscan disminuir el impacto del “costo de menstruar”. Hablamos de 3 proyectos de ley a nivel nacional que plantean la eliminación del IVA en los productos de gestión menstrual y 9 que buscan la provisión gratuita de ellos en diferentes zonas. En esta línea la provincia de Santa Fe y el Municipio de Morón son distritos pioneros que tienen ordenanzas aprobadas que establecen su distribución gratuita.

Teniendo en cuenta que 7 de cada 10 personas pobres son mujeres, la falta de acceso a estos elementos puede ser determinante a la hora de definir la continuidad escolar y laboral, marcando aún más la desigualdad de género. Esta situación lleva al reclamo por la distribución gratuita de métodos de gestión menstrual en escuelas, cárceles y otros espacios comunitarios.

En contextos desfavorables como el que atravesamos actualmente se suelen gestionar colectas de mercadería y diferentes artículos, pero en general las toallitas no son enumeradas entre las listas de imprescindibles. Gracias a algunas agrupaciones feministas estas comenzaron a ser tenidas en cuenta, pero eso no alcanza. En ese sentido, el  28 de mayo, Día Mundial de la Higiene Menstrual, se presentó un proyecto de ley que incluye estos productos dentro de las políticas sociales destinadas a la mitigación de los efectos de la situación sanitaria planteada por el COVID-19 en la Cámara de Diputados de la Nación.

Cuando se piensa en menstruación aparece la imagen de los “protectores femeninos”, que reemplazaron a los “trapitos” de tías y abuelas. El surgimiento de estos elementos data de finales de la primera guerra mundial, pero está enlazado con el fin de la esclavitud en los Estados Unidos. La  liberación de los esclavos en los cultivos de algodón encareció el precio de este. Así, las empresas que generaban apósitos desarrollaron un nuevo material, el cellucotton, que fue comprado en cantidades siderales por el gobierno del norte hacia las puertas de la I Guerra Mundial. Tras el armisticio que ponía fin al conflicto, en 1918 a Estados Unidos le sobraban 357 toneladas del material. El resto de la historia se cuenta sola: un mercado cautivo, que sangraba periódicamente, y un producto en exceso dieron origen a los “protectores femeninos” como los conocemos hoy.

En 1921 aparece en Estados Unidos la primer publicidad de Kotex, que con una enfermera asistiendo a soldados heridos rezaba: “Para salvar a los hombres, la ciencia descubrió KOTEX”. En simultáneo se patentaban el tampón y la copa menstrual, pero el tabú de explorar la zona genital arrojó a este último elemento en las sombras. Paradójicamente, el tampón, que también implica una autoexploración fue ganando mercado y se instaló en las sociedades con la promesa de la discreción y practicidad, dado que era descartable, que mantenía la sangre menstrual oculta y un cuerpo higiénico.

Durante los últimos años hemos visto un resurgir de distintas tecnologías que acompañan la menstruación, protectores de tela, copas menstruales, pero los métodos descartables siguen siendo protagonistas de la vida cotidiana en góndolas y hogares. Sin importar el método que se elija, es importante que el Estado asegure el acceso a ellos, porque de otra manera se le agregan dificultades a un colectivo que ya es golpeado por otras desigualdades por el simple hecho de MENSTRUAR.

@danigaranzini

1 comentario en “Desiguales por menstruar”

  1. Nair De Los Angeles

    Excelente ejemplo de invisibilidad que existe entre tantos!. Hasta nuestra menstruación se vuelve oportunidad para el capitalismo extractivista, que ante dos opciones apositos y copa, fueron hacia el primer producto endemoniando a la copa por el hecho de manipularla en la vagina. A caso el tampon no lo manipulamos de manera similar? Claro que si!! Pero a la copa no la podemos vender mes a mes!!! Gracias por la columna reflexiva e iluminadora. Por más textos así!!

Dejar un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *