Cómo responderle a un anti-cuarentena

La democracia multiplica las voces y esta dispersión de la capacidad de generar discursos a veces tiene efectos monstruosos. Será por una cuestión de mera entropía, tal vez. Lo cierto es que para todo aquel que respete la coherencia lógica y tenga la correspondencia con los hechos como norma para la conducción de sus reflexiones, los argumentos de los anti-cuarentena entran en el conjunto de aquellas deformaciones del pensamiento. En nombre de la libertad de expresión se articulan tantas ridiculeces que por momentos hasta puede surgir el deseo de que ese derecho constitucional sea limitado. Es natural. Sin embargo, no debemos sucumbir a los influjos reaccionarios que hay en nosotros.

Tener un espíritu democrático implica, entre otras cosas, dar batalla racional a toda clase de ideas. Y esto supone algo más que meramente dejar opinar a los enemigos de la razón: hay que ser capaces de responderles. Hay que invitarlos a subir al ring del debate público y aplicarles certeros golpes que destruyan sus supuestos. Un uppercut que los confronte con sus contradicciones. Un golpe al hígado que los exponga a la debilidad de sus principios. Prohibir su expresión puede darles ocasión de que se ganen el favor de la opinión pública, que podría verlos como víctimas. Ignorarlos puede generar la ilusión de que sus argumentos son válidos. Así que, aunque sea tal su incoherencia que no sepamos ni por dónde empezar, debemos dar pelea. Y lo haremos.

El argumento de la capacidad de decidir sobre el propio cuerpo

A pesar de no poner necesariamente en tela de juicio las normas sanitarias, a pesar de aceptar incluso la recomendación de las autoridades médicas en relación al correcto uso de barbijos y mascarillas, se ha escuchado decir a algunos manifestantes que consideran tener la capacidad de decidir sobre sus propios cuerpos. Y entonces allí se los ve, sin ningún tipo de protección, en medio de tumultuosas reuniones, defiendo la libertad de disponer de sí mismos. Este argumento es difícil de refutar porque pone en juego valores últimos. Y, como es bien sabido, los valores últimos no se discuten, sino que se asumen. La posibilidad de la muerte es, para estas personas, un precio aceptable frente a la alternativa de perder un bien superior como lo es para ellos la Libertad. Podría decirse que encarnan un fanatismo. Y con los fanáticos no es dable discutir: “donde no hay logos, no diálogo”.

La moral del sacrificio es indiscutible. Pero cuando se trata de los medios para consumar estos valores últimos, ahí sí hay algo para decir. Porque una elección de este tipo debe ser por fuerza siempre individual. Pero el que elige no usar barbijo impone de facto su extrema escala de prioridades a otros, que pueden verse afectados por su decisión. El fanático, al consumar su fanatismo, se erige en intérprete de la voluntad ajena, implicando un peligro mortal para quienes tiene alrededor. Y entonces la atribución de este derecho no puede ser fundamentada.

El argumento de la libertad constitucional de transitar por el territorio y de ejercer el comercio (la acusación de “infectadura”)

Blandiendo el artículo 14 de la Constitución Nacional como espada libertaria, muchos manifestantes reprueban la decisión del Poder Ejecutivo de establecer por vía de un Decreto de Necesidad y Urgencia, el Confinamiento Social, Preventivo y Obligatorio. El fundamento es atendible, en principio: el decreto contradiría un principio fundamental de nuestra Carta Magna (“En principio”, decimos, porque podríamos  – como lo hemos hecho ya en artículos anteriores – señalar la genealogía misma del concepto de libertad allí hecho Ley, para mostrar que se trata tan sólo de un tipo especial, asociado al libre comercio y al tráfico de mercaderías). Sobre este desacople se yergue el apelativo de “infectadura” que un grupo de trescientos antiperonistas inescrupulosos ligados a tareas intelectuales, publicó en forma de carta abierta. 

Sin embargo, a pesar de lo que pueda pensar cualquier vecino de Barrio Norte, la Constitución no se acaba (ni comienza) con el artículo 14. Cinco apartados más adelante, se aclara que las acciones privadas de los hombres están exentas de la autoridad de los magistrados, siempre que “de ningún modo ofendan al orden y a la moral pública, ni perjudiquen a un tercero”. Esta aclaración demuele cualquier acusación de arbitrariedad, pues la cuarentena obligatoria – basada en la recomendación de la Organización Mundial de la Salud y prescrita a la luz del análisis de la situación epidemiológica local – aparece como el único mecanismo conocido para preservar la salud pública, deber indeclinable del Estado Nacional. El confinamiento es, en este contexto particular, el modo por excelencia para evitar el perjuicio de terceros y cumplir con la Ley. 

Por otro lado, aun suponiendo que de modo formal existiese tal vulneración de los principios constitucionales, la asociación de la medida con decisiones dictatoriales está lejos del espíritu de la resolución. De hecho, cuando calificamos a un gobierno de “dictadura”, no lo hacemos solo porque transgreda o desatienda la Constitución, sino porque lo hace de modo arbitrario y en una dirección contraria a los intereses de los habitantes. Y aquí, tanto los objetivos como las herramientas de que se dispuso, resultan razonables y adecuados a los dictados de la prudencia; al tiempo que orientados a la preservación de la salud. Este cambio en la connotación de los términos, cambia también el sentido de conceptos como “confinamiento”. Porque una cosa es entender esta palabra con la acepción que la une a la idea de un castigo injusto que pretende, por ejemplo, acallar a un contrincante político; y otra muy distinta comprenderla en el sentido de un medio efectivo para proteger a las personas de un mal mayor. Nadie diría, por ejemplo, que la prohibición que nos imponen los médicos de abandonar el hospital en el que estamos internados, constituye una merma de nuestras libertades personales. 

Claro está que no faltará algún desconfiado que, carente de pruebas fácticas para su acusación, nos prevenga de las intenciones ocultas de los responsables de estas medidas. A este aprendiz de la sospecha habría que responderle que ni la política ni el Derecho juzgan intenciones, sino actos. Que en todo caso ese señalamiento tendrá que ver con la moral y que entonces no cabe en el marco de una discusión respecto a la constitucionalidad o inconstitucionalidad de una decisión de gobierno. 

El falso dilema entre salud y economía

Datos al respecto sobran, como sobran desocupados en unos Estados Unidos que por voluntad personalísima de su presidente no han tenido una cuarentena obligatoria. Como sobran mercaderías en las fábricas y comercios de Suecia, que apostó por una serie de decisiones que juzgaron de “inteligentes” antes de haber medido sus resultados. Es claro que lo que produce las recesiones es la pandemia y no la cuarentena. Imagino una madre al frente de una familia, de cuyo trabajo dependen sus hijos e incluso su marido, desempleado. Imagino también que tenga la mala suerte de padecer una enfermedad que le impida trabajar, teniendo que ser frecuentemente internada. No hay dudas de que su situación sería desesperante. Pero, ¿sería lógico que despotricara contra los tratamientos a que debe someterse, encontrándolos la causa de sus problemas económicos?, ¿o más bien debería refunfuñar por la mala fortuna de haberle tocado atravesar por ese calvario? Aquí sucede exactamente lo mismo: se comprende el momento de los trabajadores y nadie querría estar en esos zapatos. Pero suponer que la causa es el confinamiento es cometer la falacia de causa falsa

El casuismo europeísta

En ética, el casuismo es la posición respecto al problema de la aplicabilidad de las normas, que sostiene que si una norma es válida debe poder aplicarse a todo acto particular. En relación a la pandemia, muchos anti-cuarentena han adoptado un casuismo que adjudica automáticamente esa validez a las decisiones tomadas en Europa. Esta perspectiva es muy curiosa, observado el estrepitoso fracaso de todas las medidas adoptadas en el Viejo Continente. Como sea, muchas de las propuestas de rechazo o modificación de las medidas sanitarias tomadas por el gobierno argentino apelan a la comparación con las determinaciones italianas, británicas o francesas. Así, se juzga a nuestra cuarentena como “la más larga del mundo”, o bien se propone su flexibilización (salidas recreativas, vuelta a clases, etc.), pues esta ya está ocurriendo en los países europeos. Yo no sé a nivel moral, pero desde una perspectiva epidemiológica el casuismo se revela casi sin esfuerzo como un dislate. ¿Qué nos puede importar lo que esté sucediendo en otras latitudes? ¿Cómo no tener en cuenta las particularidades tanto geográficas, como climatológicas, demográficas, económicas o sociales a la hora de legislar? Europa lleva más tiempo afectada por la enfermedad; Europa está ingresando en el verano mientras nosotros, en el invierno. En Europa no hay villas miseria. Las normas no pueden importarse y aplicarse sin adaptación. En todo caso pueden otorgarnos una orientación general; pero no parece inteligente en estos casos no echar mano del situacionismo.

La desconfianza de toda fuente de información (excepto la que se acomoda a mis prejuicios). El argumento de la papaya

Cuando se intenta justificar la inclusión de la filosofía en los programas escolares suele hacerse referencia a su utilidad propedéutica: hacer filosofía nos enseña a pensar, a no aceptar nada acríticamente. Buen punto. Los filósofos deben, por esencia y formación, dudar. Este principio ha permeado en el sentido común y mucha gente asimila la inteligencia a la sagacidad necesaria para advertir falacias y engaños de todo tipo. De este modo, en las concentraciones que los anti-cuarentena han realizado alrededor del obelisco, en Buenos Aires, han aparecido muchos que huelen en todo esto del COVID-19 una conspiración mundial de imprecisos alcances. Dudan de la existencia misma del virus, dudan también de sus reales efectos; dudan del recuento de personas fallecidas por esta causa; o bien dudan de tratamientos y vacunas que aún no existen. Es difícil responderles: las teorías conspirativistas son – en terminología de Popper – proposiciones (o conjuntos de proposiciones) no falsables. Es decir, no existe ningún caso imaginable que pudiera refutarlas. 

Habría que comenzar por aclarar, entonces, que el principio de “no aceptar nada acríticamente” no supone “no aceptar nada”. No se trata de volverse un miembro de la guardia suiza del escepticismo, sino de filtrar la información por algunos tamices básicos (los que estipulara Platón, en principio): debo creer en la verdad de lo que afirmo; esto debe ser efectivamente cierto; y debo poder probar su verdad. Dentro de ciertos límites, que una información supere estos tres requisitos parece bastante plausible: el acuerdo de la comunidad científica, el acceso público a los procedimientos de prueba, la palabra de los especialistas, una fe básica en la veracidad de ciertas instituciones y la misma implausibilidad de un engañoso plan de escala global que involucre la coordinación de millones de actores, deberían resultar garantía suficiente. Pero ciertos anti-cuarentena parecen pretender más: necesitan pruebas concluyentes. Nada los conforma. Lo inquietante es que, cuando se trata de presentar contrapruebas, sus exigencias se relajan hasta casi desaparecer. Y entonces esgrimen como elementos de juicio afirmaciones temerarias realizadas en videos de cincuenta segundos viralizados por las redes, por cuyas fuentes nunca se interrogan. El ejemplo más simbólico de este doble estándar lógico es el muy mencionado “argumento de la papaya”. 

Parece que el presidente de Tanzania también forma parte de los negacionistas del nuevo virus y en un discurso aportó una serie de pruebas que los manifestantes del obelisco han aceptado como si se tratara de un dogma. John Magufuli (así se llama el representante del Ejecutivo del país africano) afirma que enviaron muestras de papaya, de aceite de automóvil y de otros objetos para que les fuera realizado el test de COVID-19, asociando las muestras a nombres de personas ficticias (Elizabeth Ane, de 26 años, por ejemplo). Para su sorpresa, algunos de estos líquidos analizados dieron positivos del virus de Wuhan. La conclusión del primer mandatario fue que, o bien hay una conspiración de la que forman parte los laboratoristas, o bien que estos profesionales no están bien formados, cosa que descarta inmediatamente. No sé, sin embargo, por qué no llegó a la conclusión de que las muestras podrían estar contaminadas a partir de su manipulación por parte del personal del gobierno al que se le encomendó esta extraña misión (cosa que hablaría de una profusión preocupante del virus en su país); o bien por qué no mejor sospechó de la fiabilidad de los procedimientos diagnósticos, llegado el caso. Pero lo que más extrañeza causa es que quienes recurren a este testimonio como fundamento de sus sospechas, crean de modo espontáneo en los dichos incomprobables de un político tanzano de cuya existencia no tenían idea unos minutos antes de recibir el video en sus cuentas de Whatsapp. El delicado ejercicio de la desconfianza se troca, en cuestión de segundos, en una mostración de absoluta ingenuidad. Me da por pensar que lo que describe este ejemplo debe tener algo que ver con lo que llaman posverdad.

Tanzania Kicks Out WHO After Goat & Papaya Samples Came COVID-19 ...

El argumento del hartazgo

Respaldado por psicólogos, psiquiatras y periodistas pagos para operar en contra de las medidas del gobierno, el argumento del hartazgo cobra cada vez mayor fuerza, sobre todo cuando el sentido común va permitiendo decantar las incoherencias de las otras razones. En última instancia, se trata de una sensación subjetiva sobre la que no se puede decir demasiado. De cualquier modo, tendrán que hacer un gran esfuerzo discursivo para responder a la acusación de capricho que puede hacérsele a este fenómeno. Un poco de madurez y una cuota de capacidad abstractiva deberían bastarle a cualquiera para comprender que hay asuntos que trascienden nuestra subjetividad. No podemos reclamar el cese de las temporadas de huracanes poniendo nuestro cansancio como motivo. No podemos patalear al cielo por un verano demasiado caluroso, exigiéndole al gobierno que afloje con una temperatura a la que no terminamos de acomodarnos. Y del mismo modo, no podemos poner punto final a esta pandemia por una negativa personal y arbitraria. No salgo de mi asombro: la misma gente que describía como acontecimientos climáticos incontrolables (la “tormenta económica”, por caso) a decisiones totalmente humanas, ahora interpreta un fenómeno natural y ajeno a la voluntad del hombre como un episodio del que podría salirse con solo querer tomar la decisión.

Los fatalistas

Como frutilla de la torta de las tantas razones despreciables que ha vertido en su paso por la presidencia de Brasil, Jair Bolsonaro dio por cerrado el debate respecto a las incalculables pérdidas humanas que viene provocando su gestión de la epidemia mundial, al aportar una tesis tan inhumana que deja a sus contrincantes sin reacción: “la muerte es el destino de todos”, espetó. ¿Qué podría retrucársele a semejante argumento fatalista? Uno no puede más que resoplar, mirar hacia el suelo avergozándose de pertenecer a la misma especie que su emisor y negar reiteradamente con la cabeza. La idea es sencilla: si la muerte es nuestro destino, solo cabe la resignación. Millones de personas mueren cada día en el mundo sin que nosotros nos enteremos, ni nos hagamos mayor problema ni – mucho menos – detengamos nuestra economía, ¿por qué habría de cambiar algo frente a la pandemia? Los miles de cadáveres apestados que son retirados en ataúdes improvisados cada día, ni quitan ni agregan nada a lo que sucede naturalmente, sin que nadie verifique el proceso y lo informe en una página web en tiempo real. 

Quien asumiera una postura de este tipo podría ser un seguidor de Schopenhauer o de Ciorán; un creyente en el sinsentido de la existencia; que ve nuestro paso por el mundo como un padecimiento absurdo y a la muerte como una redención. Pero este no es el caso de Bolsonaro, ni de Trump, ni de ninguno de sus acólitos, que al menos sostienen sentidos toscos y preestablecidos. Aquí hay más bien una proverbial indiferencia por el dolor ajeno. En definitiva – piensan – la gente siempre se murió y se seguirá muriendo: que esto no perjudique nuestros negocios.  

Ahora bien, que la gente se muera, no significa que haya todas las muertes que hubiera podido haber, ni en el tiempo en que podrían haber ocurrido. La muerte no puede evitarse, pero sí postergarse: la historia de la humanidad es el esfuerzo por lograr este objetivo. La práctica de la medicina, la creación de fármacos, el cuidado de los infantes, la potabilización del agua o la elaboración de dietas alimenticias, son algunos ejemplos que muestran los intentos por conseguir que lo inevitable llegue lo más tarde posible. Muchas muertes no ocurren hoy, ahora, por las intervenciones que se han hecho con ese fin. Las muertes tempranas no son necesarias – no deben ocurrir sí o sí – sino tan solo posibles. E incluso tan poco necesarias son, que la gran mayoría se evitan todo el tiempo. De esta manera, quedarse de brazos cruzados, o aún peor, promover que estas muertes sucedan (bajo la excusa de lograr la “inmunidad de rebaño”, por ejemplo), se convierte en la falta a un deber moral humanitario. Hay que actuar, por bajas que sean las probabilidades de éxito, independientemente de los resultados que con ello se logren. El fatalismo – como argumenta Bobbio en relación a la guerra – es la idea de que estamos atrapados en una red de la que no podemos escapar. Esta imagen justifica la desidia. Habrá que cambiar la metáfora, entonces, y pensarnos, en relación a esta pandemia, como perdidos en un laberinto. Porque, como dijera Marechal, “de todo laberinto se sale por arriba”. Y el que no intente hacerlo deberá hacerse responsable de los resultados de su omisión.

Sugerencia final: la apuesta de Pascal

Podría ocurrir que nuestros interlocutores de turno, despojados de cualquier tipo de barbijo, no se inclinaran ante nuestras razones (quienes tenemos respeto por la lógica, creemos que un buen argumento lleva inevitablemente a su aceptación por parte de nuestro contrincante discursivo, pero la historia demuestra que este no es el caso). Si esto ocurriera, intentaremos extrapolar una idea de un famoso filósofo francés acerca de la creencia en Dios, que bien podría serle útil a quienes descreen de que estemos en una situación de peligro global. Se trata de la famosa “apuesta de Pascal”.

🥇▷Blaise Pascal:【Biografía de Blaise Pascal】

El argumento dice más o menos así: aunque no es seguro que Dios exista, lo racional es creer que sí. ¿Por qué? Analicemos: si creemos que Dios existe, y efectivamente existe, conseguiremos la eternidad. Si creemos en él, pero no existe, no ganaremos nada. Ahora, si no creemos que exista y tenemos razón, tampoco ganaremos nada. Y por último, si no creemos en Dios, pero en realidad existe, claramente no iremos al paraíso. Ergo, estadísticamente, conviene creer en Dios.

Este argumento se puede explicar con un cuadro de doble entrada. Quizás sea el mejor modo de lograr que su amigo anti-cuarenta consiga comprenderlo. Así que siéntelo y explíquele con un pequeño gráfico que:

– Si no creemos en la pandemia y sus efectos, y efectivamente estos no existen, no ganamos nada (es más, perdemos tiempo yendo a inútiles marchas). 

– Tampoco ganamos ni perdemos nada si creemos, y no existe ningún peligro para nuestra salud.  Hasta aquí salimos hechos. 

– Ahora, si no creemos, pero hay pandemia, habremos de contagiarnos por no cuidarnos adecuadamente. El peor de los casos. 

– Pero, finalmente, si creemos que la hay y la hay, entonces estaremos protegiendo a los demás y a nosotros mismos. Habremos conseguido, de algún modo, la gloria.

Y si después de todo este esfuerzo el anti-cuarentena, continúa porfiando en su posición… no se enerve ni se violente; vuelva a intentar todavía mejores argumentos. Que los racionales, los democráticos y los tolerantes somos nosotros.

@walterdoti

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