Científicas con O

Los avances respecto de diagnósticos y curas para el COVID llenan las tapas de los medios, grandes y pequeños. La ciencia se vuelve parte de lo cotidiano y los rostros de quienes la llevan a cabo ahora son más cercanos. Científicos, enviados a lavar platos en otras gestiones, hoy son consultados, pero cuidado, que no todos los científicos se escriben con O.

Hace pocos días se conoció una publicación de la editorial internacional Elsevier que indicaba que Argentina, entre unos pocos países, tiene una distribución equilibrada de hombres y mujeres dentro de la ciencia. Lo cual es, en un primer momento, bastante alentador comparado con los valores globales donde las mujeres representan no más del 23%, según datos de la UNESCO.

Hemos logrado la paridad y nos gustaría celebrarlo y volver a nuestros trabajos para dejar de pensar en el problema que significa la desigualdad, porque aquí ya no tenemos de eso. Pero, los números no son tan simples como parecen. Porque la igualdad dentro del sistema requiere de mirar en detalle. El CONICET, las Universidades Nacionales y espacios de investigación y docencia universitaria poseen una estructura con rangos, a los que se va accediendo según logros académicos que se van alcanzando. Y es allí, donde hay que prestar atención a los números. Porque las mujeres representan más del 60% de las personas que trabajan en los rangos más bajos, becarias, investigadoras asistentes, ayudantes de cátedra y jefas de trabajos prácticos. Mientras unas pocas mujeres llegan a los últimos escalafones de la carrera de investigador y docencia, y en consecuencia a los puestos de toma de decisiones. Sólo en CONICET se puede observar que en la última categoría de investigador las mujeres son menos del 25 %.

Esta inversión en las proporciones se debe a que las mujeres, en su mayoría, posponen su carrera profesional por tener que dedicarse a tareas de cuidado, que se traducen en una menor producción académica y entonces un menor avance. Lo que popularmente se conoce como “techo de cristal” y “piso pegajoso”. No ascienden en la carrera por mecanismos invisibles que las mantienen en la base del sistema. Este fenómeno puede y debe revertirse con políticas de estado que propicien la igualdad, pero el primer paso, sin dudas es la visibilización. Un paso hacia adelante en este sentido fue definir una directora al frente del organismo.

No se puede negar la presencia de mujeres en ciencia, sólo el COVID está plagado de ellas. En 1964 June Almeida identificó un virus con forma de sol –con una corona semejante al astro- por lo que lo bautizó Coronavirus y años después sería también la primera en fotografiar al virus del HIV. En 1966, una enfermera estadounidense, Lupe Hernández, inventó el alcohol en gel. Durante dos meses las investigadoras del Instituto Malbrán realizarían todos los diagnósticos para confirmar COVID en Argentina, precarizadas y con jornadas laborales que en ocasiones alcanzaban las 12 horas de trabajo. Secuenciaron el genoma completo, desarrollaron test más rápidos, más sensibles, más baratos, están en busca de sueros que permitan tratamientos más eficientes, llevan adelante estudios para disminuir el impacto emocional del aislamiento, pero al momento de titular los medios insisten en decir: CIENTÍFICOS.

El análisis de más de dos mil medios de Estados Unidos llevado a cabo por la socióloga Sinc Eran Shor de la Universidad McGill, de Canadá, entre los años 1983 y 2009, arrojó que menos del 20% de las personas que aparecen en las noticias son mujeres, son  menos consultadas como expertas y su voz queda limitada a secciones de belleza, salud o cocina. La autora lo denominó “techo de papel”, otra estructura que nos deja aún más confinadas en nuestro desarrollo profesional y entorpece la igualdad de género. En este caso la responsabilidad recae sobre los medios de comunicación, carentes de perspectiva de género.

Aquello que no se nombra no existe, y si las mujeres, que conforman la mitad de la mano de obra científica no se ven reflejadas en los medios tanto peor es la situación para aquellas personas cuya identidad de género es trans o no binaria. Porque no existe casillero para nombrarse, no hay estadísticas que les representen, hoy por hoy no sabemos qué porcentaje representan o si pueden acceder a la educación superior. Como si la ciencia fuese un espacio exclusivo para hombres, y si estos representan el estereotipo de hombre maduro, despeinado y solitario mejor. Como si la ciencia no fuese construcción permanente y colectiva, que necesita de la diversidad de miradas para enriquecerse.

Tenemos ganado buena parte del terreno, eso es indiscutible. Hoy sabemos que la ciencia es indispensable para el desarrollo de un país y que el género no debe ser un condicionante para ser parte de ella. Ahora necesitamos incluir todas las miradas, que el género no limite la elección de una profesión y que los medios de comunicación acompañen ese cambio, para lo que podrían empezar dejando de escribir Científicas con O.

@danigaranzini

1 comentario en “Científicas con O”

  1. Excelente! aquello que no se nombra, no existe. Aún hay un camino largo por recorrer, pero estos textos que nos informan, nos hacen sentir que hay vientos de cambio y vamos en un buen camino. Sigamos empujando este presente, para lograr prontamente una distribución igualitaria de oportunidades. Gracias por visibilizar y aportar a un mundo diverso e inclusivo!

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