Acá tampoco se puede respirar

Parece la consecuencia de un proceso mecánico; el resultado de una fórmula matemática: cuando existen minorías étnicas que dominan los mercados y mayorías sojuzgadas de grupos étnicos diferentes que tienen un acceso amplio a la participación política, se enciende la chispa de los conflictos violentos.

El liberalismo económico (que por fuerza beneficia a unos pocos) y la ampliación del alcance de las democracias (que reconoce la igualdad abstracta de todos), no parecen reforzarse mutuamente: todo lo contrario. La democracia y el libre mercado, combinados, generan condiciones inestables y potencialmente explosivas. Y entonces los ganadores del juego de la economía tienden a dar reconocimiento a las acciones represivas y deploran la ampliación de derechos; mientras las masas exponen su vida luchando por una mayor participación en el capital. Así ha ocurrido y ocurre con la minoría de origen indio en Kenia, con los hombres blancos que detentan el poder económico en una Sudáfrica predominantemente negra, o con los descendientes de europeos que controlan el mercado en países latinoamericanos con una fuerte presencia indígena en su población. Esto es lo que conjetura la académica norteamericana de origen chino Amy Chua en su libro El mundo en llamas: los males de la globalización. Se trata de la tradicional lucha de clases, pero con un particular catalizador: el odio racial que refuerza los antagonismos, permitiendo adjudicar a un “otro” reconocible, el origen de todos los males. Ahora llenamos la fórmula con la policía norteamericana como el brazo armado de la minoría blanca que lleva las riendas de la economía, en uno de los términos, y con la garganta de George Floyd aplastada contra el pavimento, en el otro, y ya tenemos una tesis para explicar las revueltas en los Estados Unidos y en las grandes capitales del mundo. Y es interesante, porque así el racismo no aparece como una posición ideológica incomunicada, como la locura inexplicable de algunos despreciables individuos conservadores, sino como un emergente de un complejo entramado social, histórico, político y sobre todo, económico. El racismo es parte de lo que allí se entiende como orden.  

Es siempre digna de aplausos la rebeldía ante las injusticias: a los manifestantes que se congregaron en Washington, en Miami, en New York o en Minnesota no les importó la posibilidad de contagiarse de Coronavirus. Y tampoco en Amsterdam, en Londres o en Seúl la pandemia fue disuasoria. Sin embargo, es dable preguntarse cuántos serían conscientes entre esas multitudes del carácter sistémico del asunto. Cuántos  habrán encontrado la correlación entre el neoliberalismo y la desigualdad estructural a que lleva irremediablemente dejar las cosas en manos del mercado. Porque si no se establece este vínculo, porque si no se observa esta asimetría en el acceso al capital, esta polarización socioeconómica como correlativa a la pérdida de derechos de los sectores mayoritarios, las revueltas habrán sido pura espuma. La indignación será meramente superficial. Una irritación selectiva, liviana, que permite ver la paja en el ojo ajeno y no la viga clavada en el propio. Como la que pudo escucharse por estos lados, amplificada por los representantes de los medios locales, capaces de amonestar enérgicamente la creencia estadounidense en la superioridad de una raza sobre otra, pero ciegos a las manifestaciones de ese mismo fenómeno en nuestro país.

Desde que el proyecto neoliberal desembarcó en nuestras tierras en la década de los 70’s del siglo pasado y a través de sus múltiples reencarnaciones, el proceso de exclusión económica y política puso a tope sus motores, dejando a una enorme mayoría en los márgenes y colocando en la cima a una élite dominante del mercado tan selecta que se puede enumerar detalladamente en un cuadernito. Y aunque haya una gran parte de la población que niegue esta correlación y encuentre las causas del desastre en lo que llaman populismo, lo cierto es que el triste resultado no es discutido por nadie (no habría cómo hacerlo): Argentina dista de ser el paraíso. Por otro lado, también hay acuerdo en otro aspecto: la soberanía política, al menos desde el peronismo y con momentos de mayor o menor esplendor, está en manos de las masas. Pero para que la fórmula que propusiera Chua provocara la explosión, faltaría el impulso del resentimiento étnico. En nuestro país no hay negros (o al menos no tantos ni tan imbricados en nuestro tejido social que pudieran despertar algún odio); e incluso, a diferencia de lo que sucede en otros países latinoamericanos, hemos eliminado casi completamente el componente indígena. Así que podemos estar tranquilos y seguir mirando todo esto desde lejos. Respira la clase media: las vidrieras de nuestros comercios están a salvo. O al menos eso creemos en primera instancia.

En el gran País del Norte, el contraste de los tonos de piel hace todo más sencillo, más evidente. Una rodilla blanca sobre un cuello negro permite ver a la distancia el enfrentamiento entre identidades sociales. Pero aquí las cosas requieren un análisis más detallado. Porque las diferencias autopercibidas no siempre responden a características objetivas, sino muchas veces creadas y fomentadas. Las minorías que controlan el mercado (y las clases medias aspiracionales) se entienden a sí mismas como un nosotros que se opone a un otro al que se le adjudican representaciones negativas, con marcas subjetivamente seleccionadas y valorizadas. Aquí no hay negros, ni “indios”; pero sí pobres, villeros, cabecitas, términos que no necesariamente aluden a aspectos de desprecio étnico, pero que sí implican procesos de creación de la otredad que, desde estereotipos y mitos, fomentan el miedo y el desprecio. Y allí radica la clave del asunto: en esas condensaciones simbólicas y no en el color mismo de la piel. Por eso ocurre la indignación ante el asesinato de Floyd, pero a la vez la reivindicación (e incluso el reclamo) de la mano dura y el castigo o hasta la muerte para los cabezas (“que son negros de alma”, se aclara). Porque no es sobre los afrodescendientes sobre los que históricamente colocamos las tipificaciones denigrantes, sino sobre los sectores populares, marginados por la dinámica de los proyectos político-económicos. Aquí las rodillas y los cuellos tienen el mismo color y eso crea la ilusión de que, aunque esté el combustible, falta la chispa. Pero eso es lo de menos: lo que importa es que alguien crea que haya ciertas rodillas que deban estar sobre ciertos cuellos. El resentimiento étnico no es más que una forma de segregación simbólica.

En Argentina sufrimos de segregación aversiva, de un racismo no reconocido. Un racismo que es hijo de la distancia que separa a los actores sociales. Contamos con todos los elementos que Amy Chua reconoce como capaces de encender la dinamita que lance el orden social por el aire. Porque esas tipificaciones denigrantes, así como ha sucedido en los Estados Unidos (y como se ha replicado en tantas otras naciones), necesariamente rebotan y retroalimentan el proceso de disputa de los espacios ideológicos, generando una escalada que solo puede tener consecuencias no deseadas. La virulencia de estos reclamos expresa un pedido postergado por décadas (y en algunos casos, hasta por siglos) de reconocimiento de identidad legítima, de una participación ciudadana integral, de la consideración social de un completo status de ciudadanía; es una voz que pide su parte en el acceso a los derechos como condición previa al ofrecimiento del cumplimiento de sus obligaciones.

Pedir procesos de mayor integración comunitaria, que estrechen los lazos sociales, es utópico viendo y escuchando las declaraciones de odio de los partidarios de las cacerolas. Cambiar estereotipos socioculturales arbitrarios, parciales y clasistas no se logra solo con buenas intenciones. Pero es posible ilusionarse con objetivos más modestos y soñar con que un día la muerte de un Luis Espinoza nos resulte tan indignante e inaceptable como la de un George Floyd.

Que remate Bourdieu: “No hay peor desposesión ni peor privación, tal vez, que la de los vencidos en su lucha simbólica por el reconocimiento, por el acceso a un ser social socialmente reconocido, es decir, en una palabra, a la humanidad.”

@walterdoti

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