El país caribeño se vio sacudido por el asesinato del presidente Jovenel Moise. Sin muchas certezas sobre su futuro, los ciudadanos salieron a las calles para reclamar por la realización de nuevas elecciones.

Foto: Vatican News

El magnicidio de Jovenel Moise desnudó las vulnerabilidades del sistema político haitiano. La ausencia de referentes, la fragilidad económica y el descontrol sanitario hicieron que miles de personas salieran a las calles en los últimos meses. Las cifras lo demuestran: en un plazo de 35 años, el país tuvo 20 gobiernos diferentes.

Aún no se comprobaron los motivos del ataque perpetrado por 23 mercenarios (21 de ellos oriundos de Colombia y otros dos con nacionalidad haitiana-estadounidense). Sin embargo, la extrema dependencia de Haití con respecto a otros países (especialmente de Estados Unidos) demuestra su incapacidad de sostener en forma autónoma sus propios problemas.

Haití necesita caudillos, figuras fuertes que generen cohesión en los sectores históricamente postergados, a partir del lenguaje democrático. El descreimiento en la política conllevó a que muchos ciudadanos eligieran el camino de las armas y el narcotráfico. Un flagelo que históricamente marcó el rumbo de muchos países caribeños.

La violencia se convirtió lamentablemente en la única forma de asegurar el orden social. A pesar de las discrepancias con Moise y frente a la inacción judicial, miles de personas se movilizaron para hacer justicia propia contra los responsables del magnicidio. Los mercenarios fueron presentados como “presas” por parte de las fuerzas de seguridad haitianas y proliferaron los discursos racistas y xenófobos.

Resulta llamativo que, de todos los países de la región, solo Colombia (a partir de su vinculación con el caso) haya puesto a disposición sus tropas y recursos. Argentina, por ejemplo, solo se limitó a enviar un comunicado solidarizándose con los afectados. El discurso de “Patria Grande” parece diluirse frente a la inacción que sostuvo el gobierno de Alberto Fernández en ciertas instancias. Por ejemplo, al abstenerse en la votación sobre la situación de Nicaragua.

Las pruebas que sostienen la participación de otras naciones (incluida Argentina) en el golpe que dio Jeanine Áñez Chávez en Bolivia sacudieron a la región. El caso de Haití se convierte en una excelente oportunidad para fortalecer lazos con una zona que históricamente mira con interés hacia el norte. Para alejar a los fantasmas que amenazan los procesos democráticos en la región, no basta con comunicados vacíos de contenido. Es fundamental la condena y la acción.

Resulta complejo pensar cómo Haití puede salir del abismo. Un país que registró un 60% de pobreza en 2017 y que aún no comenzó la campaña de vacunación contra el Covid-19. Un pueblo asolado por una crisis económica sin precedentes y azotado por huracanes. La atomización social y la cultura de la violencia profundizan aún más las diferencias de grupos que viven un mismo infierno.

Toda reconstrucción tiene un inicio. Sería propicio que, frente a una historia en común, los países de la región puedan compartir sus experiencias. La crisis de 2001 en Argentina representó un gran ejemplo de cómo, pese a la existencia de graves problemas económicos, sociales y políticos, se pudieron mantener vigentes los mecanismos democráticos. El análisis histórico de Haití podría permitir delinear un rumbo, un punto de partida en el cual se podrían plantear varias metas a largo plazo.

Para encarar esas metas, el país caribeño precisa de líderes con convicción y que sean cercanos a su pueblo. Moise, ligado al empresariado agrícola y al partido de centro derecha Tèt Kale, utilizó su puesto para realizar negocios en beneficio de unos pocos. La designación de Joseph Lambert, titular de la Cámara Alta, representó una respuesta transitoria y democrática al magnicidio. Sin embargo, debe ser el electorado haitiano quien defina a su presidente en el corto plazo.

La falta de consenso es quizá uno de los grandes condicionantes. Las últimas experiencias electorales fueron caóticas, pero eso no debe representar un escollo en la búsqueda de un nuevo futuro. En este sentido, la intervención de otros países debe limitarse a asegurar el diálogo entre las partes, pero no a definir las políticas internas.

Más allá de las limitaciones estructurales, Haití cuenta con un pueblo que resiste y que es consciente de las complejidades de su presente. El camino es largo y para lograr salir del caos, es necesaria una restructuración profunda, donde los ciudadanos sean protagonistas. La necesidad de consolidar un sistema democrático transparente resultará fundamental para poder abordar aquellas problemáticas históricas, que atentan contra los derechos básicos de sus habitantes.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *