Del género del trap se pueden escuchar varias cosas: que no es un género, que es una fusión con fecha de vencimiento, que no tiene nada que ver con la música, que no es música propiamente dicha, que es artificial, y hasta que sus artistas no son precisamente artistas. Te pido que abandones (aunque sea por los siguientes párrafos) todos los prejuicios.

Fotos: Estilo Libre / El País

Sobre el género del trap, el rap y el hip hop hay mucho por dónde empezar. No es un estilo de música que haya nacido de la nada, ni mucho menos de la noche a la mañana. Si bien el fenómeno de la música estilo “freestyle” (estilo libre) tuvo su apogeo en Latinoamérica hace muy pocos años, con competencias mundialmente reconocidas, como la FMS y Batalla de Gallos, y luego en nuestro país, con El Quinto Escalón (que fue puntapié principal para que artistas como Duki, Ysy A, Cazzu, Luchito SSJ, entre otros, tuvieran el lugar que se merecen dentro de la escena musical actual), los primeros MC, cargados de sentido, recorrieron un muy largo camino.

Para empezar a darle forma

La historia del rap nos remonta a los años ‘70, y tuvo a Estados Unidos, principalmente a Nueva York, como escenario fundamental. El rap es una recitación de versos con rítmica, sobre una base de música instrumental que se conoce como “beat”. Este género se separa de la fusión funky y melódica que tenía el hip hop, y se comienza a acercar más al breakdance, aunque están estrechamente ligados por historia y raíces. Ambos géneros surgen en barrios humildes, donde situándonos históricamente, quienes vivían allí eran en su mayoría afrodescendientes y latinos, que en Estados Unidos -si aún hoy siguen reclamando por la igualdad de derechos-, 50 años atrás estaban en una situación completa de discriminación. Cabe resaltar que los mensajes de los primeros MC (como se conoce a quienes rapean), emergían por el lado de visibilizar y dar a conocer las problemáticas que afrontaban en los “ghettos”. 

Aquí es cuando nacen diversas corrientes artísticas que tienen que ver culturalmente con el rap y el hip hop, como por ejemplo el graffiti, otra manera de hacer llegar los reclamos por medio de dibujos e intervenciones en distintos puntos clave de la ciudad.

Las ramas en las que se dividió el hip hop permitieron un espectro que va desde la música religiosa, pasando por fusiones con el disco o el funky, hasta llegar al baile coreografiado de la música únicamente. El rap, por su parte, se basaba más en la mezcla de música que permitió la conformación de los primeros DJs; ya las historias recitadas de los primeros MC, se fueron complejizando, como los beats, y adoptaron una forma más lírica, metafórica y con elementos oníricos y sentimentales.

En la década del ‘80, y aún considerado “underground”, el rap comenzó su peregrinación hacia las grandes discográficas. Aquí está el punto de consolidación de lo que hoy conocemos como uno de los géneros con la historia más volumétrica y con mayor sentido del mundo de la música.

A las grandes urbes, y más allá

A partir de los ‘80, la repercusión que tuvo el rap fue disparadora de amores y odios, y su expansión hacia otros ghettos y ciudades de Estados Unidos no se hizo esperar. Las cuadras de los barrios empezaron a colmarse de música, y la música se colmó de reclamos y contenido social. Lo disruptivo del rap era la poca preparación que éste requería, si es que caemos en la comparación con algún otro género musical, y la facilidad con la que los jóvenes se veían envueltos en su cultura; de aquí que los tecnicistas juren que no hay valor real en lo que los artistas crean.

A medida que la entidad discográfica fue creciendo (muchos creen que por conveniencia debido a su apogeo más que por el entendimiento del reclamo), el resto del mundo se contagió de la enfermedad del rap. 

Cada continente, cada país, cada barrio lo hicieron propio, enfatizando aún más  la versatilidad del género, y no solo la efectividad con la que muchos adolescentes se animaron a expresarse, sino también la rapidez con la que comenzó  a tener un público considerable. 

Importado pero popular

Argentina no tardó en adoptar el rap a su manera, aunque no fue precisamente por la música la primera aproximación, sino que por las películas que retrataban, ya en ese entonces, una culturalidad mucho más abarcativa del rap y el hip hop, contemplando el breakdance, DJ, y una moda de vestimentas que hasta entonces era completamente ajena. 

Mucho antes de las batallas de freestyle, el hip hop, ya en la década del ’90, tenía un gran espacio en la escena del underground argento, pero faltaban unos escalones para encontrar la masividad. Fue así que comenzaron a surgir los primeros espacios que daban voz a bandas de hip hop mediante fiestas y eventos: Nación Hip Hop. En plena era menemista, la industria nacional no estaba en las prioridades, mucho menos la música, mucho menos lo que aún no estaba aceptado por el status quo de la escena masiva. La música que llegaba de afuera tenía más proyecciones y nadie apostaba por el under del hip hop y del rap. De todas maneras, esa cultura ya estaba caminando por las calles y ya se escuchaba en muchas esquinas. Era cuestión de tiempo para que llegara la consolidación. 

El nuevo milenio trajo consigo la revelación del rap: abandonar la idea de aceptación paternal del rock y entenderse a sí mismo como el nuevo género disruptivo.

Los años 2000 aparecieron en Argentina como una bomba de tiempo: la crisis ya había estallado y había llevado no solo a la industria nacional a la quiebra, sino también a los particulares. Todo ese desencanto social y económico, acompañado siempre por el inconsciente colectivo de la desesperanza y la poca fe (hasta entonces más que entendible y justificado) no hicieron esperar su reflejo en la cultura. Al contrario de lo que cualquiera pudiera esperar, el rock nacional se conformó como máximo exponente de esta moda desafiante, y sus voces referentes se hicieron abanderados de reclamos políticos y sociales. La corrupción, la droga, la prensa turbia, el abuso policial, la clandestinidad, entre otras, fueron las consignas principales por mucho tiempo de la mano de bandas de rock nacional que emergieron en ese contexto, y otras que alcanzaron la fama (o no) en aquel momento.

Un quiebre importante que hay que resaltar de los años 2000 fue la tragedia de Cromañón. En una noche donde fallecieron 194 personas quedaron expuestas todas las falencias gubernamentales y estatales que se enraizaban y se pudrían debajo del auge del rock nacional. Negocios sucios, lavado de dinero, boliches habilitados sin cumplimiento de requisitos, etcétera. Este hecho fue utilizado masivamente por los grandes medios de comunicación para desvalorizar y manchar al género musical, que en sintonía con el rap y el hip hop, también poseía una culturalidad visible en la forma de vida de sus seguidores más fieles.

Con el correr de los años, estos reclamos que las bandas de rock nacional supieron canalizar, fueron quedando obsoletos. Hoy en día el rock nacional quedó como un precedente de lo que supo ser disruptivo, pero que cumplió un ciclo. Como todo en la sociedad va cambiando, la cultura del rock ya no tiene a los jóvenes como principales consumidores, sino que se nutre de aquellos que saben entenderlo y vivirlo como ese género en donde encontraron alguna vez un canal para su voz.

Lejos de desvalorizar lo que el rock nacional significa para la cultura argentina, pero entendiendo las culturas cíclicas, es que llegamos a lo que es hoy la rama sísmica del arte: el freestyle.

Pelearse con estilo

De la mano del hip hop se origina lo que hoy se conoce como “freestyle”. Ese hip hop arraigado a su nacimiento como anteposición al sistema, fue mutando y encontrando nuevas formas de continuar su camino. Esa ruta condujo al freestyle a asentarse en Latinoamérica como una de las formas de expresión más masivas.

Como toda competencia, tiene sus reglamentaciones, sus restricciones y sus estructuras. Hay un DJ que marca la base en la que los raperos vayan a improvisar, o alguien haciendo beatbox (base de beat con sonidos de la boca), hay un tiempo determinado durante el cual cada rapero muestra lo que puede hacer y no está permitido, bajo ningún concepto, el contacto físico.

Si bien el recorrido es relativamente corto y es difícil analizar una cultura en movimiento, se pueden apreciar ciertos momentos claves para la consolidación del freestyle en Argentina. 

Uno de ellos, y el más importante propulsor, fue la creación de la competencia llamada El Quinto Escalón, que tuvo su primera batalla en el año 2012, en Parque Rivadavia (Buenos Aires) y terminó cinco años después llenando el microestadio Malvinas Argentinas. Los competidores pasaron de preparar un bolso para pasar la tarde en una plaza, a tener que prepararse para que un estadio repleto de gente los vea, los escuche y los festeje. Ysy A, uno de los raperos más conocidos del país, y Muphasa, uno de los referentes de la FMS, fueron quienes encendieron la mecha de una bomba repleta de talento. 

Este es quizás el ejemplo más claro del crecimiento exponencial del género: en tan solo 5 años, y con la implementación de las nuevas tecnologías (como YouTube), el alcance de público pasó de 30 personas en un parque, a más de 5 mil e incontables reproducciones de los videos subidos a las plataformas digitales. 

Talentos como Duki, Wos y Lit Killah, quienes hoy comandan la movida del trap, fueron parte de El Quinto Escalón. Al igual que Klan y MKS, por ejemplo, aunque ellos optaron por seguir la onda del MC. 

Luego llegó al país la FMS (Freestyle Master Series), con un sistema en el que 10 raperos se enfrentan entre sí y un jurado proporciona determinados puntajes. Quien salga primero se consagra campeón, y los dos con menor cantidad de puntos son eliminados de la liga. 

Luego, en el año 2018, la God Level logró que los ya consagrados artistas nacionales tuvieran la oportunidad de medir sus rimas y sus capacidades con freestylers de otros países latinos. 

Sin embargo, y sin quitarle prestigio a las competiciones nombradas, la más renombrada es la Red Bull Batalla de Gallos. Es una suerte de mundial entre los países de habla hispana, y tiene una convocatoria sin precedentes en la era del rap.

Argentina formó parte siempre de los podios, con Dtoke, Frescolate, Pappo y Sony, como referentes ya de la “vieja escuela”, y MKS, Wos y Trueno, como parte de la movida actual.

Hoy en día los torneos más prestigiosos tienen los mejores auspiciantes y las rimas ya no se escuchan bajo la mirada juzgadora de quienes paseaban por el parque un domingo a la mañana. Las plazas y esquinas quedaron vacías porque el rap logró consagrarse y ser de los espectáculos con mayor convocatoria a nivel nacional entre los jóvenes. El freestyle llegó para quedarse y hacer a su culturalidad cada vez más masiva.

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