La historia del sacerdote argentino Pedro Opeka, que lleva más de cuarenta años como misionero en Madagascar, uno de los países más pobres del planeta. El evangelio y los actos de servicio en una tierra poblada de ausencias.

Fotos: Infobae

La tragedia de las guerras golpea las persianas del oriente, la pobreza arroja a miles de hombres y mujeres a entornos poco alentadores. Allí, a 10.382 kilómetros de distancia, la presencia de un hombre de Dios parece poder cambiar el horizonte.

“En la Argentina se ha politizado e ideologizado la ayuda social”, dice el párroco sin temor a ahondar esa brecha que parece mover las democracias hoy en día. Sin embargo, viendo la situación de indigencia en un país que lejos está de parecerse a la película producida por DreamWorks Animation, opta por arremangarse. “Era necesario hacer algo por ellos, pero siempre que estuvieran dispuestos a trabajar. Ellos mismos eran su salida a esta crisis”, asegura.

Nacido en San Martin, provincia de Buenos Aires, el 29 de junio de 1948, hijo de inmigrantes eslovenos, a los 18 años ingresó en el seminario de la congregación para la misión de San Vicente de Paul, en San Miguel. Entre 1970 y 1971 permaneció como misionero en la congregación de Madagascar para luego volver a la Argentina. Con la asunción de la cúpula militar emprendió nuevamente el retorno a la nación insular frente a la costa sureste de África. El 13 de enero de 1990 fundó con un grupo de colaboradores la Asociación Humanitaria de “Akamasoa” (en lengua malgache significa “los buenos amigos”), con el propósito de servir a los más necesitados.

Mahatma Gandhi decía: “Sé tú mismo el cambio que quieres ver en el mundo”. Esas palabras resuenan a diario en la cabeza de Opeka. Los pobres no tienen nada, pero por sus televisores ven que esas cosas existen en otros lugares del mundo. El pan y la leche pasaron a ser claros ejemplos de ficción para aquellos que no los tienen. Los resentimientos contra el occidente son moneda corriente en las calles de Madagascar. Hay una necesidad imperiosa de desarrollar África, de construir rutas, de ampliar las vías del ferrocarril, de crear escuelas y hospitales y de promover el acceso al agua potable.

Son exactamente las cuatro de la mañana y el frío comienza a acicatear los huesos mientras un cura tercermundista y un manojo de personas se encaminan hacia la cantera para dar forma a las piedras que serán la base de las casas comunitarias. Akamasoa es el nombre de la ciudad levantada adonde antes estaba un basurero. Una ciudad que tanto el padre como sus colaboradores crearon desde la nada, un oasis en el desierto de una sociedad que parece no querer rendirse.

La empatía, el sentir el dolor ajeno, el no usar a los pobres como escudos, el llorar y el reír con ellos, la obsesión por la solidaridad, todos estos conceptos se han convertido en su norte. Hay una deuda moral de la comunidad internacional que él siente como propia. Ya no alcanza el rasgarse las vestiduras y penar las penas que siempre son del otro. Esto se da de bruces con una realidad migratoria que duele cada vez más.

Hay un continente del que no se quiere oír hablar. Las primaveras son solo una circunstancia, nada es simple, todo lleva un sesgo de dificultad. Un pastor debe tener olor a oveja, o por lo menos las santas escrituras así lo plasman en sus testamentos. Hay una iglesia anquilosada en viejas tradiciones, es esa iglesia a la que él representa. Una vitrina de irreverencia hacia los que menos tienen, pero él se sabe parte de otra historia. Aquella que dice que nada tarda más que aquello que nunca se comienza.

Reconocido como Caballero de la Legión de Honor Francesa, en 2007, Doctor Honoris Causa por el Centro de Estudios Macroeconómicos de Argentina (CEMA), en 2018, y postulado al Nobel de la Paz en varias ocasiones. Poco importan estos títulos en la vida de este religioso que supo salir de su zona de confort para enfrentarse a los crueles espejos de la realidad.

El padre Pedro Opeka no solo es un misionero intentando hacer del mundo un lugar mejor en momentos en que con frecuencia la indiferencia puebla los anaqueles de la humanidad. Este hombre que pronto cumplirá 73 años, se ha convertido en el capitán de muchas almas que se creían perdidas y que se han encontrado en medio de la tormenta.

One thought on “El sórdido entorno de la miseria”
  1. Excelente como siempre Juan.
    Es impresionante ver cómo la actitud y decisión de una persona puede bendecir a muchas personas. Me impacto la fotografía. No desde el punto de vista grupal sino lineal. Es decir, veo al padre en medio de ellos pero a la misma vez caminando junto a ellos y no por adelante no atrás, sino al lado. A la par. Teniendo mi conclusión final que se debe caminar juntos, de otra manera no se avanza. Dios bendiga y fortalezca a Pedro Opeka.

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