Surca la poca tierra que tiene, distribuye las semillas y los almácigos, y procede a plantar. La vida se define a través de ciclos y Pablo Sbaraglia sabe que debe respetarlos. El músico, compositor, y productor decidió construir su propia terraza-huerta: un oasis verde en el desierto de concreto. No confía en los alimentos ni en las empresas que lo producen. Autónomo y consciente de su propia realidad, busca salvar a su familia del veneno que se ofrece en las góndolas de los mercados.

Hablar de Pablo implica mencionar a Leonardo, su hermano menor. Hijos de Roxana Randón (actriz) y Horacio Sbaraglia (médico), los niños, desde muy temprana edad, asentaron sus raíces en el arte. Mientras el más pequeño buscaba crear personajes para transmitir sus ideas, el primogénito se valió del piano y la guitarra para florecer. Nutridos por una admiración mutua, los hermanos deciden emular las actitudes del otro en sus respectivos escenarios. 

Pablo cree que lo genuino lleva su propio camino. A pesar de vivir en un mundo que carece de tiempo, el músico decide reflexionar sobre la existencia bajo su propio tempo. Hombre de pocas pero sentidas palabras, utiliza sus manos y su mirada para hacer brotar sus propias sensaciones. Sobrio y virtuoso, en 2011 el intérprete, mientras tocaba “soñar bailarinas” (canción que dura 17 minutos), sorprendió al público al usar un dedo para interpretar su solo en el piano.

A la hora de validar su título como rockero, el compositor recibió la bendición de los máximos exponentes de su género.  Charly García, para darle la bienvenida a su religión, decidió rociar con champagne el costoso piano que Sbaraglia acababa de comprarse. Neurótico e influenciado por esos raros peinados nuevos, Pablo colaboró con Man Ray, Los Romeos y Alphonso´s Entrega. Todoterreno, también le puso su impronta a “Sorpresa y media”, el popular programa conducido por Julián Weich en Canal 13.

Sbaraglia vive a través de sus pasiones: la música, la familia, el kirchnerismo, Maradona, la horticultura y los Redonditos de ricota. En tono profético, el artista había manifestado en los años noventa que no iba a participar en otra banda que no sea la liderada por Carlos Alberto Solari y Eduardo Federico Bellinson. En 2004, sus plegarias no fueron escuchadas por un ángel, pero sí por un ingeniero de sonido. Eduardo Herrera, nada inocente, le acercó un tesoro: el primer disco solista del Indio.

Atraído por el mito, Pablo decidió subirse a los botes para cruzar el Atlántico y conocerlo. Tras varias horas de espera, dos personas reservadas se encontraron por primera vez y charlaron durante horas y horas. Al final de la jornada, el Indio lo invitó a sumarse a Los fundamentalistas del aire acondicionado, una selección nacional de músicos dirigida por el propio Solari. A cargo de los teclados y la guitarra rítmica, Sbaraglia se consolidó como el cerebro del grupo.

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En paralelo a su carrera con Los fundamentalistas, Sbaraglia lanzó sus propios discos: La historia más simple del mundo (2004), El club de la moneda de plata (2008) y El increíble magnetismo del Gran Hotel Glamour Shuffle (2013). Sus experiencias en solitario lo desplazaron del lugar marginal que ocupaba en el escenario y lo llevaron a convertirse en frontman. Su talento le permitió tocar en el Salón Blanco de la Casa Rosada en 2014. Allí recibió una estatuilla de parte de Cristina Fernández de Kirchner. Al momento de la entrega, Pablo señaló su mirada para decir: ¡Ojo, no me lo da cualquier persona!

Imaginativo y delirante, Sbaraglia fue el responsable de elegir a Epecuén como escenario de “A los pájaros”, el último concierto presencial de la banda. Un paisaje dantesco que combina naturaleza muerta y destrucción. Desde el corazón de las ruinas y en medio de la noche eterna, Pablo se encargó de revivir y entonar las epopeyas que marcaron su juventud: Jijiji, Mariposa Pontiac – Rock del país, Rock de las abejas y Rock para el negro Atila.

Los miembros de Los fundamentalistas, además de estar unidos por la música, están atravesados por varias tragedias. Eso los transformó en varias oportunidades en un grupo de autoayuda, de hermandad. Pablo sufrió la propia: al convertirse en padre por primera vez, el destino decidió arrebatarle a Clemente, su hijo de dos años.  Para transmutar su dolor, Sbaraglia gestó “Moun Amour”, un himno que dedicó a los grandes amores de su vida. 

El músico vivió toda su vida arriba del escenario, pero prefiere mantener los pies en la tierra. Desde la comodidad de su terraza-huerta, el artista disfruta de la compañía familiar y de sus vegetales. Un lugar privilegiado, que le permite observar el firmamento y reencontrarse cada noche con esa estrella que fue, es y será su lujo.

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