Hace muchos, pero muchos años atrás, una pequeña ciudad a orillas del río Weser en la región de Baja Sajonia, Alemania, se sumergió en una noche de terror de la que nunca supo despertar. Hamelin fue solo el comienzo.

Imágenes: dreamstime / eduimpulsa

¿Cuánto hay de verdad y cuánto de mentira en ese concepto vox pópuli de que los gobiernos solo buscan que sus gobernados sean cada vez más ignorantes y serviles?

Según los últimos datos emitidos por la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura, conocida internacionalmente como Unesco, se revela que más de 393 millones de niños de todo el mundo llegaron a los 10 años de edad sin saber leer. Datos que causan pavor teniendo en cuenta que la población del mundo gira en torno a los 7.000 millones de personas, es decir que un 6 por ciento de esa población, justamente la más vulnerable, hoy se mantiene alejada de los estándares mínimos de educación. El mismo informe estima que para 2030 esa cifra se elevará a 1.063 millones. Sobre similares proyecciones de crecimiento poblacional (8.500 millones para 2035), la proporción se incrementará de un 6 a un 12,5% de niños en edad temprana sin acceso a la posibilidad de aprender a leer.

La premisa a esta altura parece ser la exclusión de los incluidos. Políticamente correcto defenderlos en la teoría, pero denostadamente apartados en la práctica, los niños se han llevado la peor parte de una globalización que arrasa todo a su paso.

Desde el poniente del sol nos embarcamos en un sistema atroz de poderes y de gobiernos que se llenan la boca hablando de la primera y de la segunda infancia, de cuánto son capaces de gastar por su bienestar o de “ellos son el futuro”, algo incierto, por cierto. Pero la realidad golpea con los primeros vientos, las mantas no alcanzan para cubrir el frío que crece dentro, las leyes que deberían proteger y, sobre todo, garantizar un acceso universal a algo tan básico como el leer, se han ausentado de los parlamentos. Rollos y rollos de tela duermen en el armario de los estados mundiales mientras las sábanas cortas siguen sin cubrir las necesidades emergentes de la población.

El fracaso de los líderes mundiales para proteger la educación infantil se ha vuelto una moneda corriente, una herramienta que cotiza en bolsa en un mercado desalmado y extremadamente calculador. ¿Qué diría Jean Piaget sobre estas políticas de sumisión que muy lejos están de estimular el desarrollo cognitivo de los niños?  El concepto de esquemas, el proceso de equilibrio y las etapas del desarrollo cognoscitivo son novelas de ficción que los chicos solo reconocen por los gráficos. La transición a una forma más compleja y abstracta del conocimiento no parece ser una alternativa posible, es como un escritor que se quedó sin tinta antes del desenlace del libro, es un óleo vacío de imágenes, pero al mismo tiempo -paradójicamente- lleno de incoherencias.

Los números del organismo internacional no hacen más que traer un manto de sospecha hacia un sistema que trata de ocultar, que se esfuerza a diario por no cambiar las reglas fácticas, aquellas normativas que no están escritas pero que mueven los hilos del poder. Dime de qué te jactas y te diré de qué careces. El doble discurso de una sociedad cada vez más ambigua y de gobiernos cada vez más autistas al sufrimiento de sus ciudadanos más pequeños.

Esta fábula germánica de los hermanos Grimm trae una historia algo lejana pero nunca tan contemporánea: el flautista que debía llevar las ratas hacia el abismo se encargó minuciosamente de encauzar a 130 niños hacia la oscuridad y el olvido. El siglo XXI trajo nuevos disfraces, ya no es el sonido de la flauta ni los cantos de sirena, son las políticas de dejadez y de conformismo que se elevan a la máxima potencia. Puede ser Estambul, Paris, Kabul, Tirana, Berlín, los territorios han variado con el paso del tiempo. Hamelin, Pekín, Dubái, ¡qué más da! Hay pizarras que contienen información que escapa a los ojos de los niños, como si las tizas estuvieran cargadas con jugo de limón. Ya no importa de qué lado del aula te pares, no importa cuanto hagas por no sacar tu vista del frente. Los gobernantes han decidido que nadie leerá hoy, puede que mañana tampoco. La agenda global parece ser bastante clara, mantener intactas y vedadas, pese a todo y a todos, las pizarras de Hamelin. Se puede asegurar que el final de esta película no es para nada alentador.

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