Metida en un lugar muy profundo de nuestro ser y colocada allí tal vez en una etapa muy temprana en la que la autoconsciencia fuera todavía inexistente o muy leve como para que registráramos el trauma, anida y crece una idea peligrosa. Y por mucho que intentemos sacárnosla de encima, siempre se manifiesta de alguna u otra manera. Siempre surge. Cuando se trata de juzgar a otros, lo hace en forma de indignación; cuando se trata de nosotros mismos, como un orgullo del que hacemos gala. Algunos intentamos deconstruir ese pensamiento, pero la idea de meritocracia se cuela por nuestros poros sin que nos demos cabal cuenta de cómo esto ocurre.

Es que esta noción coincide en algún punto con nuestra concepción de justicia de sentido común. Si ocupamos el mismo puesto que otra persona, por ejemplo, pero nosotros trabajamos el doble, nos parece inequitativo que nuestros sueldos sean iguales. Mereceríamos – nos decimos – un salario mayor. O bien nos parece justo que un estudiante abnegado reciba una nota mayor a la de alguien que, pudiendo haber dedicado su tiempo a los libros, lo haya utilizado para mejorar sus destrezas en un juego de Playstation. El equilibrio en la adjudicación de beneficios forma parte de nuestras intuiciones morales más básicas. ¿En qué sentido decimos, entonces, que puede tratarse de una idea peligrosa?

Quizás haya que aclarar que el riesgo no lo porta la idea misma; que el problema está más bien en su uso inadecuado o en su simplificación. Porque muchas veces no nos tomamos el tiempo necesario para sopesar las implicancias y los efectos de nuestra forma de ver el mundo, optando en cambio por apelar a fórmulas que nos permitan tomar decisiones rápidas. Pero la rapidez, como se sabe, es enemiga de la precisión. Así, es posible que decidamos aplicar el concepto de merecimiento sin detenernos a pensar que en él también está siempre implicada la consideración de las circunstancias de partida. 

El ejemplo del trabajador que recibe el mismo sueldo que nosotros incluye la presunción de que su capacidad se emparda con la nuestra: no lo imaginamos tullido por alguna discapacidad física, ni creemos que tiene limitaciones intelectuales; mucho menos se nos ocurre que no hubiera adquirido la capacitación mínima para el desempeño en su puesto o que estuviera pasando por un momento familiar complejo que no le permitiera abocarse de lleno a su tarea. Es probable que si lo hiciéramos, nuestra opinión respecto a la justicia salarial sería muy distinta. De igual modo, aquel estudiante que en nuestro caso imaginario optara por malgastar su tiempo, es concebido dando por un hecho que no estará sumido en una depresión, por decir algo, enterado de un grave diagnóstico de un familiar suyo. Y mucho menos pensamos que en realidad no cuenta con las condiciones mínimas (de cualquier tipo) para dedicar su tiempo a los estudios. Esto lo comprendemos sin ponerlo en palabras. Y es, en definitiva, aquello que ya había señalado Aristóteles: si los desiguales son tratados igualmente, la acción será injusta; e igualmente injusta será una acción que comporte un trato desigual a los que son iguales. ¿Deberíamos decidir dejar pasar antes a la guardia de un hospital a un señor que viene a consultar por un simple resfriado que a una embarazada que está por parir, solo porque el hombre en cuestión llegó primero? La consideración igualitaria sería lo correcto si ambos estuvieran en igualdad de condiciones. Pero como no lo están, lo razonable es, por el contrario, un trato desigual. No incluir el contexto del hecho en su consideración lleva a inequidades.

A pesar de que esta parece una noción clara y distinta, muchas veces pasa inadvertida cuando se extiende al ámbito de las conquistas materiales. Así, muchas personas se niegan a que exista algún tipo de “instancia reparadora” de las desigualdades o algún tipo de mecanismo distributivo que “equilibre la cancha”; señalando, por ejemplo, que ellos mismos pudieron acceder a determinados estándares de confort sin ayudas de ningún tipo y solo a través de su propio esfuerzo personal: una dedicación considerable, la cultura del trabajo, la audacia para tomar riesgos o una energía particular, mostrarían, no solo que no es necesario garantizar un punto de partida distinto en cada caso (para así compensar las condiciones específicas de cada quien), sino que además esto sería injusto (pues “todos somos iguales ante la ley”). La famosa fábula del pescado y la caña simboliza esta perspectiva: “No des a un hombre un pescado; dale la caña y enséñale a pescar”. ¿Cómo explicar que una cuestión que parecía tan obvia al considerar el caso de la cola en el hospital, sea tan poco comprendida aplicada a los asuntos económicos?

Creo que la clave está en el carácter intangible con que se presenta el abanico de posibilidades del que cada uno está pertrechado. Y así como el aire que respiramos está a nuestro alrededor pero resulta indetectable, así las condiciones de posibilidad ambientales en que uno se mueve se invisibilizan. No resulta fácil ver lo que está lejos, pero más difícil es ver lo que está demasiado cerca: no se ve el capital que se tiene a la mano cuando uno nace en una familia, no digamos acomodada, pero al menos de clase media. No se ven las ventajas con que se cuenta cuando uno tiene la chance de acceder a la educación, o cuando sus padres pudieron hacerlo. No se entiende como una ventaja la posibilidad de contar con los servicios mínimos para mantenerse dignamente. Y si todo esto resulta inadvertido es porque se tiene. Pero cuando no está, cuando es inexistente, parece materializarse, solidificarse, adquirir masa y extensión. Y se vuelve omnipresente; un obstáculo permanente que impide avanzar. Cuando está no se ve, cuando falta es imposible dejar de verlo.

El corolario de esta paradojal invisibilización de los propios privilegios, es la negación de su falta en otros. Por eso se adjudica el infortunio ajeno, en todos los casos, a una cuestión actitudinal: “son vagos”, “no les gusta laburar”, “no saben lo que es hacer un esfuerzo”. No son capaces de conseguir el pescado con sus propias artes y su propia paciencia. Se olvida que para que haya pique, además de contar con una caña, debe haber agua: las condiciones de partida son el agua. Y mientras uno pesca en un páramo seco, o tira su línea en un charquito, otros acumulan agua con una represa. Claro que habrá algunos que quieran sacar ventaja; claro que podrán encontrarse hombres y mujeres a la espera de recibir sin merecer. Pero resignar la justicia por estos casos, sería como tirar al niño con el agua de bañarlo.

Tuve la esperanza de que la imposibilidad de trabajar a que ha llevado esta pandemia pudiera hacer patente para muchos cómo los condicionantes materiales externos nos limitan a la hora de conseguir nuestros objetivos económicos. En definitiva, si alguien siguiera sosteniendo que todo se reduce a trabajar duro, debería considerar que la caída del movimiento comercial es tan solo un obstáculo superable con el esfuerzo adecuado. Pero, lamentablemente, no muchos establecieron este vínculo entre las ideas. Es probable que si esto no persuade a nadie a abandonar el concepto de meritocracia, nada lo haga. Pero haré un último intento heroico de torcer las voluntades más recalcitrantes a través de una simple pregunta, un poco menos teórica y académica, tal vez, pero seguramente más contundente: ¿por qué si la única vía para el ascenso económico es “romperse el lomo”, las personas de clase media no se convierten en millonarias? O bien están equivocadas respecto a su explicación de los hechos, o bien hay algunos que no han estado suficientemente dispuestos a agarrar la pala. 

Ojalá algún defensor de la meritocracia lea esto y pueda cambiar su parecer. Me costó mucho tejer estos argumentos y este resultado sería un premio para mí. Creo, sinceramente, que me lo merezco.

@walterdoti

2 thoughts on “De cañas, palas y otras yerbas. La pandemia vs. la meritocracia”
  1. Excelente, espero conversar y tratar de que algún “méritocratico” pueda comprender los puntos de partida y otros argumentos
    😉

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