Ellas fueron “Las Primeras”: Elida Passo, Julieta Lanteri, Cecilia Grierson Alicia Moreau y Elvira Rawson en medicina, Sara Justo en odontología, María Atilia Canetti, Ernestina y Elvira López y Ana Mauthe en filosofía, historia y letras, Carolina Spegazzini, Susana García, Juana Dieckmann en biología y  Elisa Bachofen en ingeniería. Estudiaron y se graduaron en las universidades más antiguas del país, muchas de ellas con los mejores promedios. Fueron la punta de lanza que abrieron camino a todas las que vinieran detrás, muchas de ellas fueron militantes por los derechos de las mujeres, pero todas soñaron un mundo más justo.

Para algunas de ellas no fue un trámite simple ingresar en carreras universitarias. En 1853 la Constitución reconoce el derecho a la educación superior. Pero el Código Civil de Vélez Sarsfield de 1869 las consideraba inferiores e incapacitadas, por lo que necesitaban tener consentimiento del padre o marido para estudiar en la universidad y trabajar profesionalmente. De a poco, y muchas veces con permisos o procesos judiciales las mujeres llegaron a las universidades.

Una vez que se permitió el ingreso a las mujeres a las universidades la gran barrera era la preparación previa, porque no podían alcanzar los estándares que se evaluaban por no haber podido acceder previamente a estudios secundarios. Allí la interseccionalidad se hacía presente, las hijas de familias con posibilidades podían costear la formación extra que implicaba un estudio universitario.  Además de permitirse estudiar sin la necesidad de ejercer el título posteriormente, porque las trabas no terminaban ahí.

Una vez que obtenían su título, sin importar promedio, el ingreso al mercado laboral se hacía imposible. Así, y sólo por nombrar dos ejemplos la primera médica cirujana del país: Cecilia Grierson, con 35 años de experiencia en ginecología y obstetricia le fue negado el cargo de profesora de la Cátedra de Obstetricia para parteras. Tampoco pudo Raquel Camaña, pedagoga que se graduó de la Facultad de Filosofía y Letras, con su tesis “La educación sexual de nuestros hijos” en el año 1910 acceder al cargo de suplente en la cátedra de Ciencias de la Educación. Porque “las mujeres no podían aspirar a la docencia universitaria”.

La presencia de las mujeres en las carreras universitarias comenzó a hacerse más fuerte a principios del 1900, sin embargo, en la firma de la Reforma Universitaria no hay ni una sola firma de mujer. Y ese panorama se ha revertido, pero sólo en parte. Hay mecanismos que perpetúan el techo de cristal en las universidades y el sistema científico aún hoy. Mientras que las mujeres conforman el 61% de las personas que egresan y el 49,95% del plantel docente del sistema universitario Argentino, el 87% de los Rectores son hombres, según los datos relevados para 2018-2019 de la Secretaría de Políticas Universitarias dependiente del Ministerio de Educación de la Nación.

El ascenso en la carrera profesional en ciencia está marcado por los méritos que se puedan lograr. Así es como las mujeres pierden en la balanza laboral, porque buena parte de su tiempo productivo queda relegado a tareas re-productivas, que se reinician cada día, cuidado de hijos, adultos, limpieza, cocina, compras. Y a esa catástrofe de desigualdad llega la pandemia que le agrega “color al guiso”. Los hombres suelen publicar más artículos de investigación, y en pandemia esto se agudizó. Por ejemplo: las publicaciones europeas referidas a coronavirus en el área de la economía sólo un 12 % fue firmado por mujeres, mientras que en medicina las mujeres han firmado un 23% menos como primeras autoras. Lo cual implicará en un futuro cercano una diferencia de antecedentes que ante una oportunidad laboral dejará en desventaja quien más tiempo tuvo que dedicar a las tareas de cuidado.

Todo esto sin contar el desgaste psicológico y físico que genera el teletrabajo, la adaptación de los contenidos y métodos para seguir enseñando en sus cargos docentes, muchas veces ad honorem, y el desafío de encontrar nuevas herramientas mientras se cocina, se lava y se cuida.

“El cuidado de las nenas y sus actividades de escuela y jardín recaen sobre mí. Recién a las 4 de la tarde me puedo sentar a trabajar con las neuronas ya agotadas”. “Siento Incertidumbre, ansiedad y miedo por cómo va a repercutir el periodo de inactividad en mis oportunidades laborales futuras o mi continuidad laboral”. “Me preocupan las diferencias que habrá con otras personas que no cuidan hijos e hijas, porque la ciencia es en un ambiente muy competitivo y meritocrático”. Son sólo algunas de las frases que surgen al consultar a científicas marplatenses, pero también surge la mirada crítica y la reflexión sobre qué ciencia hacemos, cómo la compartimos y cuán necesaria es una ciencia soberana en estos tiempos, que nos permita construir un sistema más justo, tal y como lo soñaron “Las Primeras”.

@danigaranzini

La columna sobre Cecilia Grierson en Exceso de Realidad (Sabádos de 20 a 22 hs en FM 90.5) .

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