Si me lo preguntaban antes de que ocurriera yo nunca hubiese imaginado que un tema de salud pública donde todos somos – de un modo u otro – posibles afectados, pudiera generar una división ideológica entre la gente. No sé: se me ocurría que hay situaciones que hablan su propio idioma, que despliegan una superficie tan pequeña para la polémica que no dejan lugar más que para consensos. La pandemia podría ser un escenario diferente para la teoría de la unidad en contra de un enemigo externo: nos llevamos mal entre nosotros, pero si tuviésemos un contrincante en común nos uniría el espanto, al menos. Y cuando ya era inminente que el virus había llegado para convertirse en parte de nuestras vidas, fantaseé incluso con gestas de solidaridad colectiva como las que ocurren cuando hay guerras o huracanes devastadores. Pero no; mi cronómetro no había llegado a marcar cinco minutos y ya se habían armado dos trincheras. Y lo más sorprendente fue que la división no fue espontánea, no se constituyeron dos bandos nuevos. Cada quien sacó del placard un uniforme previamente confeccionado. Los ejércitos ya existían y tan solo se alistaron para una nueva batalla. ¿Cómo es posible que frente a esta catástrofe humanitaria también se haya reflejado la grieta política de siempre?

Porque en principio no tiene nada que ver. Unos bregan por la Libertad y la República (dicen) y otros por la Igualdad y por el pueblo. Son asuntos de política, no cuestiones sanitarias. Unos señalan la corrupción como la fuente de todos los males y otros entienden que la plata de verdad tiene otras vías de escape mucho más sutiles, aunque contundentes. ¿Cómo podría esto incidir en la evaluación de los peligros de una enfermedad? Pero increíblemente, quienes se sienten atraídos por el conservadurismo político y el irrestricto liberalismo económico, enseguida se agruparon alrededor de los pregoneros de la minimización de la catástrofe y del llamado a seguir adelante como si nada. Mientras que los que en política son amigos del progresismo y en economía prefieren que el Estado ejerza un contrapeso, inmediatamente comprendieron la necesidad de poner la salud por encima de cualquier otra cosa. Y pasó en Brasil, y pasó en Estados Unidos y pasó en Italia…

La primera explicación de la que uno echaría mano habla de tablas de valores diferentes. Hay quienes ponen en la primera fila lo económico y otros que priorizan la salud. Y con ello la discusión pasa a expresarse en términos de si hay entre estos dos valores un dilema real o falso. Pero en definitiva, como se trataría de valores últimos, no hay mucho para decir. Las posiciones éticas son inconmensurables. Sin embargo, yo creo que hay otra cosa que explica los bandos. Otra cosa que opera por detrás y determina, incluso, la elección de estos mismos valores. Se trata de una capacidad intelectual práctica, presente en algunos y ausente (o en el mejor de los casos, dormida), en otros. La capacidad de abstraer. Paso a explicarme.

Ser humano es también, en parte, ser un animal. Tenemos un cuerpo, que tiene necesidades, que desea, que se preocupa y se ocupa. Operamos en el mundo desde esa experiencia vital personal, desde esa perspectiva que pone el interés propio en el centro. Buscamos las mejores oportunidades laborales, buscamos salir ilesos; aprendemos a defendernos, aprendemos a adquirir autonomía, porque el más simple ejercicio de la prudencia nos señala que no podemos esperar que nadie vaya a hacer las cosas por nosotros. Esto está bien y hasta es inevitable. Pero como nuestra realidad no se reduce a mera biología, también tenemos la capacidad de enfrentar la existencia abstrayéndonos de nuestra posición particular. En efecto, podemos elevar nuestro punto de vista subjetivo y entender a nuestra perspectiva como una más entre muchas otras. Tenemos la capacidad de comprender que nuestra aventura es la de muchos otros. Que nuestros desafíos coinciden también con los ajenos. Abstraernos de lo propio y concentrarnos en lo compartido. Porque en eso consiste, precisamente, este proceso intelectual: en separar lo circunstancial y quedarse con lo que las cosas tienen en común. Superar la anécdota y trabajar con la categoría. En definitiva, lo que buscaba Platón al proponer su celebérrimo Mundo de las Ideas, pero en esta ocasión aplicado a la praxis y no a la teoría.

Propongo que la tendencia a defender ciertos valores como la solidaridad, la igualdad, la empatía o la generosidad, implica contar con la capacidad de asumir un enfoque que posibilite pensar en todos los hombres y mujeres sin distinción de cultura, religión, clase social u origen étnico. Que no se trata de una mera cuestión de elección, sino de un asunto que involucra la capacidad de uso de la razón práctica. La vieja idea kantiana de una legislación que deje de lado las excepciones personales, comprendiendo que la posición de los demás vale tanto como la propia (aunque la que más nos importe sea la propia). La diferencia es que el pobre Kant creía que esta era una posibilidad de todo ser racional. Mi idea es que para algunos dar este salto es esencialmente imposible.

Privilegiar el egoísmo, defender posturas políticas donde la libertad individual se erija como valor supremo, creer en la meritocracia personal y cosas por el estilo, serán luego tan solo un efecto en el campo de la política de aquella incapacidad abstractiva, que también se manifestará en el desprecio por la muerte ajena cuando lo que se considere sea una enfermedad masiva, a través de la incomprensión y el reclamo por las medidas sanitarias tomadas por un gobierno o, directamente, del proselitismo que se opone a cualquier acción preventiva. Las frías declaraciones de periodistas que ponen un número exagerado de muertes como única ocasión aceptable para tomar ciertas resoluciones; la minimización de los efectos de la pandemia por parte de mediáticos fiscales, inhábiles para juzgar las desgracias por sí mismas y no en comparación con otras desgracias mayores; o bien, redondamente, la aceptación directa y despreocupada de la muerte de decenas de miles, con el perverso argumento de que en definitiva se trata tan solo del adelantamiento de un final inevitable (como se ha escuchado proponer a destacados líderes), puede que, en definitiva, sean acciones hijas de una carencia intelectual. El desprecio por el otro podría ser falta de inteligencia.

Un postulado curioso de esta idea es que la imposibilidad abstractiva puede incluso volverse contra sus propios promotores. Porque el hecho de temer por ser uno mismo víctima posible de los efectos de la pandemia, por ejemplo, también involucra la chance de figurarse a sí más allá de la situación presente, anticipando un suceso imposible (por definición) de vivenciarse: la propia muerte. Por eso los anticuarentena se exponen peligrosamente a la posibilidad de contagiarse ellos mismos mientras protestan para que no se tomen resoluciones que puedan ayudar a otros; o bien deciden sus simpatías políticas a favor de candidatos o proyectos que podrían (y a menudo lo hacen) excluirlos en cualquier aspecto.

En definitiva, luchar para conseguir satisfacer mis necesidades personales es un asunto puramente material; pero luchar pensando en las necesidades ajenas, requiere una capacidad intelectual a la que no todos pueden acceder. Combatir las medidas de salud pública o votar propuestas neoliberales es la verdadera odisea de los giles.

@walterdoti

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