Es difícil que no nazca en uno una indignación inmensa cuando se entera de lo que el ecologista norteamericano Garrett Hardin escribió en un artículo de 1974. Cuarenta y seis años después y el escrito tiene la capacidad de generar los mismos efectos irritantes. Porque no es fácil de deglutir esa metáfora que ve a la Tierra como un bote salvavidas en el que van, sonriendo cínicamente y a sus anchas, los ganadores del sistema económico; mientras a su alrededor intentan salir a flote con movimientos espasmódicos y desesperados (y sin éxito) millones de excluidos, de marginados.

La imagen de por sí es aterradora, pero lo que verdaderamente nos patea el pecho es el uso que Hardin hace de ella. Según su perspectiva, intentar hacer algo por los que claman por una mano salvadora sería un acto irracional, hijo de una sensiblería propia de los sectores progresistas. Los instrumentales argumentos son simples: por muy buena intención que tengan las almas caritativas e inclusivas, los resultados serían catastróficos. Dejar subir al bote salvavidas a quienes se hunden irremediablemente, generaría la doble consecuencia negativa de, por un lado, impedir que sobrevivan los que navegan cómodamente sentados (la nave tiene una capacidad limitada y si se dejara subir a más personas se hundirían todos) y, por otro, de acostumbrar a los náufragos a recibir una ayuda externa, sin darles la posibilidad de prever por ellos mismos los efectos de una incorrecta planificación de su vida. Parece que el egoísmo y la indiferencia por el dolor ajeno serían, entonces, la opción más racional.

Hay que decir que Hardin hablaba, propiamente, en contra de las ayudas que los países ricos del Norte otorgan a los países subdesarrollados. Sin embargo, su argumento, con más oropeles estilísticos, es el mismo que los sectores liberales repiten una y otra vez para darle un barniz de aceptabilidad a su habitual mezquindad contra las clases postergadas. Seguro habrá escuchado decir a algún despeinado economista mediático que el país es inviable porque unos pocos esforzados laburantes (que reman en el bote), mantienen a no sé cuántos millones de desgraciados que apenas se mantienen a flote, poniendo esta situación límite como vil excusa para no ayudar a empujar la embarcación. Es decir, en definitiva, un pretexto disfrazado de razonamiento para no pagar impuestos; para disuadir a la opinión pública de dar el visto bueno a cualquier intento de estado social. Y tal vez esta plasticidad sea lo más interesante de los sofismas dictados por la avaricia. Porque ocurre que, curiosamente, también frente a esta pandemia vuelve a repetirse la misma estructura.

En efecto, cuando Trump declara que no es posible detener la marcha pujante de la economía norteamericana, solo porque unas decenas de miles perezcan a causa de un virus que “desaparecerá milagrosamente”; o cuando escuchamos a Bolsonaro decir que se trata tan solo de una “gripezinha” o un “resfriadinho”, exigiendo el fin de un confinamiento que llevaría a un colapso de los balances del país del 7 a 1, inmediatamente vuelve a nuestra mente la imagen de Hardin, apostado con su chaleco inflable en el borde del bote con un remo en la mano y dispuesto a destrozar los dedos de quienes intenten evitar el ahogamiento subiendo a bordo. 

En definitiva es lo mismo: no hay lugar para la conciencia humanitaria. El bote de la economía tiene pocas plazas y si nos vamos a estar deteniendo para dedicar los escasos recursos con que contamos a ayudar a quienes se quedaron en el mar, las cosas se pondrán más complicadas: a poco se nos hundirá el bote junto a todas las buenas intenciones de los buenos samaritanos. Lo que a primera vista podría parecer beneficioso y moralmente loable, in the long run podría resultar catastrófico.

Uno podría seguir interpretando las cosas a la luz de esta metáfora, señalando sus limitaciones, como por ejemplo que es azaroso y debido simplemente a la fortuna el que alguien se mantenga a flote en la embarcación o que se halle en peligro de sucumbir bajo las turbulentas olas (nadie tiene garantías de no contagiarse): quizás así, pensando en los perjuicios que pudiera sufrir su jopo, Trump pudiera cambiar de opinión.  O bien podría cuestionarse si en realidad no ocurrirá que los que van sentados y con chaleco no estarán ocupando demasiado lugar; si no van demasiado cómodos para la situación por la que se atraviesa (si al despatarramiento propio de los hombres, por el cual el género masculino ocupa el espacio de más de un asiento en los transportes públicos se lo llama manspreading, aquí podríamos hablar del richspreading). O tal vez decir que el bote no es tan pequeño: quizás entren muchísimos más. Pero hacer esto sería seguir jugando en terreno enemigo. Mejor servirnos de otras metáforas, de otros modos de representarnos figuradamente la situación. Por suerte, hay otros que ya la pensaron. Fue para responderle a Hardin, claro está, pero será nuestra espada contra los anticuarentena.

Si Ud. es como yo, una persona que no se ve especialmente tentada de partirle el cráneo a nadie para poder seguir su curso marítimo; de los que prefieren los actos justos a las soluciones efectivas, quizás acuerde conmigo en abandonar barcos, aguas profundas, remos y salvavidas, para pasar todo nuestro equipaje a la imagen de una “nave espacial”. Vamos todos en una nave espacial llamada Tierra (o vida) – dicen los progresistas que se enfrentan a esta doctrina de la ausencia de compasión – y es nuestro deber trabajar cooperativamente para mantener su funcionamiento óptimo. Y para ello será menester que todos los tripulantes tengamos acceso a los recursos con que la propia nave cuenta, guiados por el criterio de la justicia social. En nuestro caso, a los recursos de la sanidad, a ser cuidados para poder continuar en nuestras funciones específicas, etc. Bajo esta metáfora no hay espacios de privilegio y otros desventajados: todos estamos en el mismo viaje, sin distinciones. Y si uno o millones se quedan en el camino, el perjuicio será de todos. Por eso, estaremos dispuestos a hacer los esfuerzos que hicieran falta para socorrer a los demás. 

Me calma pensar que en la Argentina tenemos la suerte de estar al mando de dirigentes que supieron ver las limitaciones de la metáfora de Hardin. Que comprendieron, para fortuna de sus habitantes, que la vida está por encima de la economía. No tenemos, por suerte, un bote de capacidad limitada que avanza a pesar de que muchos se ahoguen a su alrededor. Vamos, en cambio, a borde de una nave espacial llamada vida, comandada por el Capitán Beto.

@walterdoti

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