En épocas de quebranto, en los momentos en que se pierde la certidumbre, no hay dónde buscar respuestas y el horizonte no nos ofrece más que visiones borrosas, la filosofía es convocada como último recurso para la esperanza. Sucedió cuando el espíritu de la Grecia antigua declinó en supremacía y vigor; sucedió cuando los hombres abandonaron el recurso a Dios y se sintieron solos, dependiendo por primera vez únicamente de sí mismos. Y sucede y sucederá cada vez que una crisis nos haga patente nuestra endeble condición; en cuestiones que nos afecten solo individualmente, en asuntos que comprometan particularmente a quienes habitan un territorio o bien, como ocurre ahora – quizás por primera vez en la historia – en eventos donde no hay a dónde escapar. Se quita el polvo de los viejos volúmenes para encontrar en las palabras de los muertos algún consuelo y se quita el polvo de los hombros de pensadores poco convocados, para hallar en ellos la interpretación necesaria de esas ideas no siempre fácilmente inteligibles.

Llegó la pandemia y nadie tiene respuestas: cuánto durará, qué hay que hacer, cuál es la mejor receta. Nada. Nadie. Quizás de momentos como este hablara Karl Jaspers cuando acuñó el concepto de “situaciones límites”, esas circunstancias que nos exhiben de modo crudo y brutal nuestra finitud. El hecho descarnado de que no lo podemos todo; de que hay aristas de la realidad que se nos escapan completamente y sobre las que no tenemos poder ninguno. El cuerpo frágil, la consciencia de que un microorganismo nos puede poner en jaque, el dilema entre morir apestado o morir de hambre. Si es claro que la filosofía no puede solucionar ninguno de estos asuntos, ¿por qué se la convoca? ¿Qué se va a buscar en ella?

Hubo un tiempo en que la filosofía fue, no solo una forma de conocimiento, sino también un modo de vida. Hubo un tiempo en que se privilegió la dimensión práctica de la razón por sobre la dimensión teórica. Hubo un tiempo en que reflexionar tenía como objetivo aprender a calmar la desmedida imaginación, para adquirir una idea adecuada – sopesada – de las cosas, que nos permitiera aprender a no desear lo que nos hace sufrir o a no esperar más de lo que es posible. La filosofía como escudo contra la desilusión y el sufrimiento. Pensar es lo más propio de nuestra condición humana. Pero no solo pensar por pensar, sino hacerlo como medio para lograr la calma espiritual. Esa versión de la disciplina de los amantes de la sabiduría es la que se reclama ahora.

Ya Buda advertía que el dolor es inevitable, pero el sufrimiento, opcional. Y desde el Oriente, a través del Asia Menor, este modo resignado de concebir la existencia llegó a la cultura helenística, el último aliento de la cultura griega clásica. Atenas perdía su antiguo brillo y el suelo que los hombres pisaban había perdido la solidez que antes tenía. Y entonces dos doctrinas hicieron de pasamanos para evitar que los hombres cayeran en el abismo del sinsentido: el estoicismo y el epicureísmo. De la primera escuela aprendieron que hay cosas que dependen de nosotros y cosas en las que no podemos meter baza, y que no tiene sentido preocuparse en ninguno de los dos casos: si lo puedo cambiar, ¿a qué preocuparme?; si no lo puedo cambiar, ¿a qué preocuparme? De la segunda, en cambio, asimilaron que el presente es siempre efecto de tantas casualidades que resulta un producto milagroso del que hay que estar necesariamente agradecidos: el orden del mundo podría ser tal que no nos incluyera como protagonistas y, sin embargo, aquí estamos. Y con esa conciencia lúcida de nuestra azarosa existencia no necesitaremos más que simples placeres para sentirnos colmados. Una serie de cuidadosos ejercicios espirituales se forjaron por aquellos días aciagos para enseñar a los atribulados hombres que no hay verdaderamente nada de lo que temer. De esta fuente abrevó luego la cultura romana y de ella, al tiempo, el cristianismo, que adquirió así su característica abnegación para soportar los males en este valle de lágrimas. Nosotros mismos estamos forjados un poco bajo esta cosmovisión, y quizás sea por ello que aún nos resulta profundo leer en los calendarios la plegaria de raíces estoicas que reclama a Dios “serenidad para aceptar todo aquello que no puedo cambiar, fortaleza para cambiar lo que soy capaz de cambiar y sabiduría para entender la diferencia.”

Esa antigua versión de la filosofía puede ser entonces una usina de pensamientos tranquilizadores que nos incita a agradecer que las cosas sean como son (y no, quizás, muchos peores) y que nos lleva a entender la sabiduría como resignación ante lo inevitable. Sin embargo, hay que confesar que esta visión, por idílica que parezca, no resulta compatible con nuestra cosmovisión actual. Hoy pensamos de otro modo. No hay para nosotros un orden correcto de las cosas; no existe una racionalidad mayor ante la que debamos arrodillarnos. La modernidad nos dejó como legado la convicción de que la realidad puede ser transformada, que no hay un cosmos natural. Y aunque lo hubiera, igualmente estaría en nuestra voluntad modificarlo. Ya no podemos aceptar que haya cosas inevitables. Y nuestra felicidad no consiste en la aceptación serena de lo que es. Por el contrario, el mundo gira a nuestro alrededor y es la acción humana lo que nos realiza y colma. Nos pensamos como agentes que obran, que modifican la realidad, que evalúan los efectos de esas acciones. Actores protagonistas de la vida que, para poderlo todo, no necesitan más que el tiempo necesario.

Conjeturo que esta pudiera ser la circunstancia por la cual muchos no pueden admitir sentarse calmos a observar cómo se despeña la catástrofe. No tenemos el alma templada al estilo estoico. Quizás los detractores de la cuarentena encarnen el espíritu antropocéntrico, y estén imbuidos de la fe en nuestras posibilidades, en los logros de una técnica que guardaría la clave de las soluciones a todos los problemas, individuales o colectivos. 

Pero de repente, un enemigo invisible vino a pegarle un sopapo a nuestra moderna altanería especista. El pensamiento oficial del mundo, que ve en la ciencia y en la tecnología herramientas todopoderosas, se reveló súbitamente como mito. Ni la inteligencia artificial, ni la big data, ni el 5G, ni las células madre, ni la ingeniería genética o la televisión por streaming, pudieron hacer nada ni para prever, ni para controlar, ni para organizar, ni para curar la pandemia del coronavirus; en ninguna de sus dimensiones: ni la sanitaria, ni la social, ni la económica. Como una broma de Dios, o de la naturaleza; un chiste, una sobrada: no amigos, no lo pueden todo. No pueden controlarlo todo. El virus nos corrió del centro del cosmos, donde habíamos colocado irreverentemente nuestro trono.

A lo sumo podemos contar con alguna aplicación que enumere los cientos de miles de muertos que tenemos. A lo sumo un complejo programa informático podrá prever con precisión cómo evolucionará la curva. Pero todo nuestro arsenal técnico se ha mostrado inútil: somos finitos, no lo podemos todo; hay aristas de la realidad que se nos escapan completamente y sobre las que no tenemos poder ninguno. Puede que este sea un buen momento para bajarnos del pedestal, para aplacar los ímpetus y volver a recurrir a la antigua y más modesta solución filosófica de lograr desarrollar la imperturbabilidad. No tanto salir a reclamar movimiento y acción; no tanto acelerar las ansias por una solución; no tanto desesperar por recuperar la normalidad. Quizás pensar que hay órdenes de cosas que no dependen de nosotros. Quizás agradecer lo positivo de las circunstancias que nos tocan. Puede que este sea un buen momento para quedarse en el molde.

@walterdoti

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