“¡Libertad, libertad, libertad!” Y todos los dedos señalando a aquel que ose no repetir cantando el mantra sagrado que emana de la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, que se consolida en la Declaración Universal de los Derechos Humanos, que ratifican las Constituciones de los Estados nación, que consagran las instituciones republicanas y que se nos inculca como una verdad revelada desde la más temprana edad (que es, confesémoslo, el mejor momento para sembrar verdades reveladas). Es que, en definitiva, parece incontrovertible la idea de que la evolución de una sociedad supone la conquista de niveles cada vez mayores de libertad. Así que haga silencio y cante; repitiendo a viva voz: “¡Libertad, libertad, libertad!”

Sin embargo, menos veces que las que nos retaron por no cantar el himno, nos hicieron cuestionar por el sentido de este concepto tan peligrosamente ambiguo. Es que pareciera que no hace falta indagar demasiado. Al fin y al cabo todos sabemos que la libertad es el derecho que cada uno tiene de hacer lo que desee, en tanto y en cuanto no interfiera en la esfera de acción de otros. O como expresara con precisión y humor el escritor Tom Stoppard: “Lo que significa la libertad es que se me permita cantar en mi baño tan alto como para no interferir con la libertad de mi vecino para cantar una melodía diferente en el suyo”. Esta definición se pierde tan remotamente en las raíces de nuestra biografía educativa que nos costaría detectar su origen. Se trata de esas ideas que ya parecen venir sabidas. Pero habrá que decir que no por asimilada es por ello menos contundente, pues supone todos los ingredientes esenciales del asunto: la ausencia de coerción externa y la referencia al famoso “principio del daño”, que de acuerdo con el filósofo John Stuart Mill, establece la diferencia entre la libertad y la licencia para hacer cualquier cosa. Y no menos obvio nos resulta que ese espacio de decisión propia es digno del mayor de los respetos; intocable, sagrado, sacrosanto. Y si hiciera falta morir con gloria para defender este valor, no dudaremos con gloria morir.

Apostaría a que dos almas que ejercieran lúdicamente un diálogo sobre la libertad en el Topus Uranus que refiriera Platón, cambiarían de tema bien pronto: sin polémica los intercambios de ideas se vuelven aburridos al andar un par de pasos. Pero si las discusiones surgen a partir situaciones concretas, esas ideas fosilizadas que traemos con nosotros podrían resultar heridas en el contraste con el mundo sensible. Como sucede por estos extraños días en que el mundo parece haberse detenido por el miedo y la incertidumbre. 

La pandemia mundial (juro que no hay redundancia) ha encontrado como único procedimiento efectivo para su control, una antigua y elemental práctica colectiva: la cuarentena. Para que el virus no avance habrá que evitar el contacto, ya sea reduciendo la movilidad o promoviendo el distanciamiento social. No hay excepciones, no hay lugar para robinsones reivindicadores de su derecho natural a actuar como les venga en gana. La supervivencia de todos depende de todos. Y entonces, súbitamente se nos hace patente el carácter social que tenemos en tanto que individuos. Nos damos cuenta de que nuestro ser se constituye solo en interacción con otros. Que no estamos solos para enfrentar nuestros problemas; que los problemas del individuo son los problemas de la sociedad y los problemas de la sociedad, los del individuo. Que la identidad se define por el reconocimiento ajeno. Y con esa misma claridad repentina, se nos hacen transparentes también los presupuestos de lo que el sentido común nos hace entender por libertad. En efecto, porque empezamos a darnos cuenta de que esa libertad que proclaman las Declaraciones Universales, que garantizan las Cartas Magnas, que promueven las Instituciones y que aprehendemos sin saber bien cómo, se entienden como atributos propios de un individuo egoísta que encuentra en la competencia con otros átomos sociales su modo de supervivencia: la libertad que siempre habíamos defendido, en definitiva, era la libertad individual. 

El asunto no sería tan grave si se tratara de meras posiciones relativas: alguno pensará que, efectivamente, la libertad es un atributo de individualidades egoístas, mientras que otro adherirá a la idea de que solo es posible ser libre como parte de un grupo, de una sociedad, de una unidad mayor. Fin de la discusión y cada uno por su lado. Sin embargo, aquella primera definición que se ha convertido en el lugar común que tan naturalmente nos viene a la boca, tiene la doble característica de ser errónea y nociva. Es errónea porque toma al individuo como punto de partida. Nacemos, se nos dice, libres e iguales, de modo que estaríamos pre-constituídos, cargados ya desde siempre con estos atributos, como un sistema operativo provisto por defecto; independientemente de nuestro origen, independientemente de nuestro contexto y de nuestro tiempo. Es decir, deshistorizados. Pero un ser deshistorizado, no vinculado a un tiempo y a un espacio específicos, es un no-ser. Es una abstracción. Lo que somos es más bien un punto de llegada, un efecto resultante de nuestro ser social, de una estructura de relaciones que nos conforman y nos producen. Y la arista perjudicial aparece porque de todo ello se desprende una moral: un modo de entendernos y de entender nuestras relaciones que puede ser muy peligroso. En efecto, bajo esta concepción, el criterio rector de las acciones estará atado a la promoción del despliegue de los intereses privados, desprendiéndose de ello la indiferencia completa por el destino y el dolor ajenos, de los cuales, sin embargo, dependemos esencialmente.

Falsa y dañina. Así resulta, desnuda de su halo de sacralidad, aquella idea de libertad en la que fuimos educados (¿o adiestrados?). Pero un giro en la interpretación de nuestra individualidad, comprendiendonos como engranajes de un todo que nos contiene y nos determina, nos permite abandonar una moral acuñada al calor de la defensa y promoción de una ilusoria esfera de vida personal que se opondría a la vida pública. Desde este marco, lo privado se integra a lo público, porque lo público deja de ser lo ajeno para pasar a comprenderse como una instancia constitutiva de lo propio. Y entonces la libertad se amplía, abandonando su carácter de atributo subjetivo, para entenderse como un don propio de los hombres y las mujeres unidos en sociedad en procura del mayor bienestar posible, tanto colectivo como individual. Mi libertad se define por la de la unidad mayor que me determina, porque nadie puede ser libre entre esclavos. Y con ello se recupera plenamente el sentido humanitario de la vida en sociedad. Real y beneficiosa. Así resulta esta nueva idea de libertad.

Ante la pandemia: la sociedad, la gran protagonista

“¿Significa esto – acelera sus palabras un enojado vecino – que no tengo el derecho de hacer lo que a mí se me cante?” No, señor. Baje el dedito: esa libertad que Ud. se arroga es impropia. La pandemia se lo revela: es Ud. un ser social. Tanto que incluso sus deseos y su voluntad están también socialmente determinados. Su libertad no es individual: esto sería históricamente falso y sociológica y filosóficamente, incorrecto. No puede hacer lo que se le cante porque no es usted ni un átomo ni una isla. Y la lucha por la supervivencia no es la lucha por su propia conservación, sino por la libertad de su comunidad (de la que también Ud. resultará beneficiado). Le pido entonces que se sosiegue, que se calme. Póngase el barbijo y reflexione. Ah, y por favor: la nariz va adentro.   

@walterdoti

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