Sufre menos un condenado a muerte al que ejecutan en tiempo y forma que otro al que le postergan a cada rato la ejecución, estirando su agonía. Una última cena que se repita tendrá un sabor cada vez más amargo, o más insípido.

Y creo que ocurre parecido con la libertad. Una semana que podrían ser dos, luego un mes, luego otra semana, tal vez tres; pasado mañana, o capaz el año siguiente, o enseguida, cuando pase la feria. La espera, la espera es una forma de tortura, sea bueno o malo lo que venga después.

En Ante la Ley, Franz Kafka lleva esos sentimientos hasta el paroxismo. Se trata de un campesino que quiere acceder a la Ley, una entelequia difusa que -supone- está detrás de una puerta. Un guardián se lo impide, pero aclarando que es sólo un impedimento temporal, algún día si podrá pasar. Y lo que pasa es el tiempo, años. El campesino soborna al custodio de la puerta. El guardián acepta los sobornos, pero -le dice- sólo para que el campesino esté seguro de haber hecho todo lo posible. Y así sigue la historia (engorrosa, kafkiana), que termina de la forma más dramática posible. El campesino, casi a punto de morir pregunta al guardián cómo es que en todo ese tiempo nadie más haya querido franquear la entrada a la Ley. La respuesta es deprimente: “Nadie podía pretenderlo porque esta entrada era solamente para ti. Ahora voy a cerrarla”.

Varios análisis indican que Ante la Ley es una parábola acerca de varias cosas. Todo aquello a lo que no podemos entrar, porque ya estamos ahí. El valor de una puerta, que es un significante sin significado, un pasaje entre dos puntos que suponemos separados, siendo que el de llegada es igual (si no el mismo) al de partida, pero que nos da asimismo la ilusión de poder entrar. Una puerta para mirar sin trasponer, para concentrarnos en ella, para depositar, en que se abra, la suma de todas nuestras esperanzas. Es el canario que no vuela si la jaula se abre; son los peces de buscando a Nemo, que terminan diciendo “y ahora qué”, cuando por fin logran concretar el plan que los sacó del acuario y los depositó en el océano.

Después, que importa del después,

toda mi vida es el ayer.

Nos pasamos una vida esperando que este mundo cambie, y ahora que el mundo parece estar a punto de cambiar, nos gana la desesperación.

Hace mucho que con mi novia, que trabaja procesando pólizas en una compañía de seguros, concluímos que ese mismo trabajo bien podría hacerlo desde su casa. Como si una mágica pata de mono nos hubiera escuchado, llegó el día en que ese deseo tan exacto se concretó. ¿Era esa la felicidad? Tal vez. Pero parece venir con el efecto secundario de tener que pagar la luz, internet, calefacción y refrigerios que antes pagaba la empresa. Y la casa, antes un santuario donde el trabajo se había terminado, ahora es una oficina metida allí. Home Office. Hace tres siglos los trabajadores dejamos las casas y los talleres para ir a las fábricas y a las empresas. Ahora la pandemia nos manda de vuelta al hogar, adonde la máquina a la que Chaplin le ajusta las tuercas se instaló en la mesa donde comemos, que es donde los niños hacen tarea, que es donde los docentes dan su clase. Una puerta de salida que resultó ser giratoria.

Pero nos decimos que esto algún día terminará, que habrá una puerta a la que llamaremos el resto de nuestras vidas, que será un sitio igual pero distinto, acaso mejor. Como habrá pasado con la caída de Constantinopla, que marcó el fin de la Edad Media, el 29 de mayo de 1453. ¿Será? Tengo mis dudas.

Tanto nos hemos convencido de que somos parte de la naturaleza, que llegamos a convencernos que rigen para nosotros las mismas leyes que regulan el funcionamiento del resto de los seres. La homeostasis, por ejemplo. “La homeostasis es una propiedad de los organismos que consiste en su capacidad de mantener una condición interna estable compensando los cambios en su entorno mediante el intercambio regulado de materia y energía con el exterior”. Es una hermosa ley, aceptémoslo. Pero si tan sólo pudiera creer que así funcionamos como especie. Pues no, la homeostasis puede hacer que mejoremos tirándonos un pedo, pero no nos quitará de encima el enorme peso de las artificiales (el neoliberalismo dice que naturales) relaciones de poder entre humanos. Allí están, y allí seguirán estando luego de cruzar la puerta.

Ahora bien, si el poder, hiperconcentrado y aniquilador, que globaliza la muerte al igual que las mercancías y a las personas-mercancía, es un artificio, un constructo de capa sobre capa que instala en las presas el sentido común de admitir que el depredador debe comer hasta hartarse, entonces desarmarlo también ha de ser posible, tan sólo emprendiendo el camino de regreso.

Volver será hallar la puerta correcta, y tirarla abajo. En la historia de Kafka el guardián nunca maltrató, ni golpeó al campesino. Sólo se limitó a no abrirle, a no cederle paso hacia lo que el campesino no podía conocer y a él no le interesaba. “Detrás de esa puerta sólo hay más guardianes como yo”.

Cuando demos con la puerta correcta (y ocurre cada vez que lo hacemos) los guardianes nos lastimarán con de todo. Será con armas blancas, de fuego o… mediáticas. Hay una confederación de guardianes que se aseguran de que nos extraviemos, de convencernos de que los caminos alternativos sólo nos conducirán hacia la locura. Entonces hay que viajar, volar a ver la Fontana di Trevi, comprar boludeces chinas por la web, adquirir todos los dispositivos electrónicos, bajarnos todas las aplicaciones, ponerle nutella a las tortas y usar todos los motores accionados con combustible fósil. Así reviente el planeta, así reventemos nosotros, tratando de dar la talla del buen salvaje consumidor, teniendo lo que hay que tener para de verdad de verdad de verdad ser felices.

Me da cierta gracia el efecto que produjo la pandemia en ese sentido. La maquinaria de poder, invisibilizada casi al completo por sus medios guardianes, apenas se deja ver en la certificada maleficencia de los laboratorios medicinales. Es entonces cuando, por lógica deducción del que se cansa de ser cagado, arrecia la conspiranoia en torno de los oscuros intereses de la ciencia.

Nos aislan como forma de control, nos aislan como forma de espiarnos, nos infunden el miedo para vendernos el remedio… ¡Claro! cómo no va a ser así, si hasta ahora no veníamos ni controlados, ni espiados ni comprábamos ibuprofenos ni rivotriles para aflojar el dolor y la tensión. La muerte de nuestra libertad es una cosa nueva, acaba de ocurrir cuando echamos llave a la puerta de casa.

De aquellos polvos vienen estos lodos. Nos hemos puesto a añorar el retorno a una normalidad que ya deberíamos haber declarado como insoportable. Y bien sabemos que no va a venir, que en tanto nos sentemos a esperar, vendrá como algo seguramente peor, un sistema menos inclusivo, más humano, que es decir menos humanista. Porque la maquinaria del poder es así, cada vez que se rompe se reemplaza por un mecanismo más sofisticado, a la vez que más eficaz.

Nos gustaría creer que el covid 19 es la deus ex machina que acabará con la trama. Tanto en el teatro griego como en el romano, cuando ya todo era un quilombo irresoluble, hacían entrar a un actor desde afuera con una especie de grúa (machina), que, representando a una deidad (deus), con un rayo los mataba a todos y se terminaba la obra. Pero no parece, apenas se trata de un giro dramático (un plot twist se le dice ahora), tal vez uno de los más fuertes. Los héroes y villanos siguen ahí, representando el dramatismo de la historia.

Deus ex machina eres tú, gobernante o ciudadane, tú que esperas que llegue papá a poner orden, a impartir justicia y a repartir la comida y la riqueza, tú que esperas cruzar una puerta que solo está montada para tí.

2 thoughts on “Ya verás cuando vuelva tu padre”

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